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PERSPECTIVA HISTORICA DEL DUELO

“¿Quién podrías mencionarme que valorara el tiempo en alguna cosa, que supiese cuánto vale un día, que entendiera que cada día el hombre muere un poco? Puesto que al considerar que la muerte es algo del futuro, nos engañamos a causa de que gran parte de ella es ya cosa del pasado. Toda la porción de nuestra vida que queda tras nosotros perte­nece al dominio de la muerte (carta I). (...) Me maravilla tanto la locura de amar tanto y tanto esta cosa huidiza que es el cuerpo y de temer tanto que podemos morir, siendo así que en todo momento presencia­mos la muerte de nuestra condi­ción anterior" (carta LVIII).

 

(Séneca, Cartas Morales a Lucilio)

 

Al menos dos aspectos históricos destacan por su interés en los orígenes de la respuesta a la pérdida de algo amado. El primero de ellos proviene de los registros arqueológicos: uno de los prime­ros datos que ofrecen señalan la existencia de prácti­cas de enterramiento; esto, al menos en parte, permi­te suponer la concien­cia de la muerte y el dolor por la pérdida de algo querido. El segundo, mucho más tardío, proviene del desarrollo del concepto de respon­sabilidad personal y la atribu­ción de la conducta humana a causas totalmente internas; este no aparece hasta aproxima­damente el año 500 a.c., en las obras de los drama­turgos griegos ("por ello, dice el poeta, el hombre pregunta qué divinidad es la que ha causado una determinada enferme­dad, guerra, muerte o pérdi­da").

 

El corazón de los dioses sólo se alegraba cuando los hombres cumplían fielmente los múltiples mandatos que ellos les habían impuesto; de no ser así, enviaban sobre los mortales su castigo, habitual­mente bajo la forma de infor­tu­nios, dolor, angus­tia moral o enfer­medad; no obstan­te, tal pérdida podía deberse a la lucha o los celos entre los mismos dioses, siendo sus protegidos (y sus familiares) los afectados (due­lo).

 

 

8.1. LA ANTIGÜEDAD: Lo Clásico y lo Mitológico

 

Por más que se diga de un individuo, desde que nace hasta que muere, que vive y que es siempre el mismo, en realidad no se encuentra nunca en el mismo estado ni en la misma envoltura, sino muere y renace sin cesar en sus cabellos, en su carne, en sus huesos, en su sangre, en una palabra, en todo su cuerpo, y no solamente en su cuerpo, sino también en su alma; sus hábitos, costumbres, opiniones, deseos, placeres, penas, temores y todas sus afecciones no permanecen nunca los mismos; nacen y mueren continuamente (Platón: Fedón, o de la inmortalidad del alma).

 

 

Es en la antiquísima narración babilónica de la aventura del mítico héroe de Sumeria Gilgamesh ‑el Poema de Gilgamesh es la epopeya cronológi­camente más antigua de la historia del mundo; fue redactada o compi­la­da en 12 tablas de arcilla hace más o menos 4000-5000 años‑, donde encontramos la más primi­tiva descrip­ción del proceso del duelo humano.

 

El mito presen­ta a Gilgamesh hacien­do sobre humanos esfuer­zos en búsque­da de su amado amigo muerto, Enkidu (Gilga­mesh descien­de volun­ta­riamen­te a los infiernos), con el trágico destino de no poder recupe­rar a su amigo.

 

Dice Sócrates a Simmias y Cebes en Fedón (Platón: Fedón o de la inmortalidad del alma): (...) "Muchos hombres, por haber perdido a sus amigos, sus mujeres y sus hijos, han descendido voluntariamente a los infiernos conducidos por la sola esperanza de volver a ver a los que habían perdido y vivir con ellos" (...).

 

 

El poema de Gilgamesh se articula en dos bloques bien diferencia­dos; el primero de ellos -Tablillas I a VII-, ilustra la amistad y aventu­ras vividas por los dos prota­gonis­tas, Gilgamesh y Enkidu; el segun­do -Tablillas VIII a XII-, por el contrario, se refiere a la muerte de Enkidu y a la tristeza de Gilgamesh por la pérdida de su amado amigo, tal como se describe en el siguiente resumen:

 

 

Tablillas I-VII: Descripción de Gilgamesh y de la llegada de este a Uruk. Creación de Enkidu, presentación ante un caza-dor y confabulación para dominarle en la que toman parte -por orden de Gilgamesh- el cazador y una ramera. la ramera habla a Enkidu de Gilgamesh. La madre de Gilga­mesh habla a éste de Enkidu. La ramera conduce a Enkidu a Uruk. Palabras de un hombre a Enkidu estando éste con la ramera de camino a Uruk; tales palabras asustan a Enkidu. Encuentro de Gilgamesh y Enkidu. Amistad entre Gilgamesh y Enkidu. Expedición contra el monstruo Huwawa (Humba­ba). Los dos amigos llegan a la en-trada del Bosque de los Cedros donde vive Huwawa. Enkidu enferma como castigo por su escaso entusiasmo en acompañar a Gilgamesh. Después del combate y muerte de Humbaba, la diosa Ishtar declara su amor a Gilgamesh y éste la rechaza. Ishtar pide a Anu que engendre al Toro Celeste, monstruo que mata a centenares de hombres con dos o tres reso­plidos. Enkidu y Gilgamesh matan al Toro Celeste. Regreso triunfante a Uruk. Enkidu cuenta a Gilgamesh un sueño en el que antici­pa su muerte -la de Enkidu- por un mandato de los dioses.

 

Tablillas VIII a XII (El duelo de Gilgamesh):

 

Tablilla VIII: Se describe el duelo agudo de Gilgamesh, con elementos propios que, posteriormente, los clásicos describirán extensamente: llanto intenso, pérdida de interés por el lujo de los ropajes, por la lucha y el valor, recuerdos del recién fallecido, dudas acerca de lo sucedido ("Tienes el rostro inmóvil y no me oyes...") y violentas expresiones de do-lor ("ruge de dolor como un león,/ como una leona a quien se ha quitado su cacho­rro;/ vierte lágrimas, rasga sus vestidos/ y se despoja de sus ador­nos").

 

Tablilla IX: Miedo de Gilgamesh a morir, rechazo de la realidad de lo sucedido que lo llevan hasta emprender un viaje a los infiernos.

 

Tablilla X: Primer enfrentamiento de Gilgamesh con la imposibilidad de conseguir la inmortalidad e irritación secundaria que le lleva a des­truir a "los de piedra". Consecuencias físicas de su tristeza y recuerdo de Enkidu. Gilgamesh llora siete días y siete noches la muerte de su amigo. Recuerdos del difunto y de sus últimas palabras. Sensación de impotencia.

 

Tablilla XI: Ansiedad de Gilgamesh ante la muerte. Disminuye la rabia e irritabilidad de Gilgamesh por la muerte de su amigo.

 

Tablilla XII: Visiones del espíritu de Enkidu. Gilgamesh hace todo lo que puede por poder volver a ver a su amigo. Gilgamesh habla con el espíritu de Enkidu.

 

 

Con todo, nunca hubo en la historia del hombre otro período durante el cual la expresión del duelo cobrara tal dramatismo y realidad como durante el largo período de la antigüedad, expresiones que rayan, cierta­mente, lo mitológico. La muerte señala en la comuni­dad que ha pasado algo, y hay grandes y fastuosas pausas (p.ej., los juegos fúnebres). La muerte de un individuo afecta en todo la conti­nuidad del ritmo social: en la ciudad nada conti­nua igual.

 

El primer rasgo que salta a la vista es su dramatismo; las manifesta­ciones del duelo de carácter dramático y violento son fre­cuentes -casi la norma- en la anti­güedad clásica (pueden verse ya en el poema de Gilga­mesh); así, tenemos: llanto inten­so, desvane­cimien­tos, rasgado ­de vesti­dos, gemidos de agudos trinos, golpes en la cabeza y en el pecho (rito de plañide­ras cisias), arran­ca­mien­to de pelos de la barba y la cabeza, heridas en el rostro producto de violentos araña­zos, gritos agudos, arrastrarse por el suelo, golpear la tierra con las dos manos, etc. Por otro lado, en los funera­les tenían lugar sacrifi­cios humanos y de animales ("era tal la rabia de Aquiles, que degolló a doce intrépidos hijos de teucros ilus­tres con el bronce, pues su corazón sólo muerte pensa­ba"):

 

 

(1) Es La Ilíada (siglo XVIII a siglo XII a.c.) un caso semejante al Poema de Gilgamesh: la muerte de Patroclo ante Héctor, y la de éste ante Aquiles, son los temas centra­les en los que se enmarca la parte más movida del poema (ver José Alsina, La Ilíada: Introducción y notas de la edición de Ed. Planeta, 1991):

 

Dijo así, y lo envolvió una oscurísima nube de pena./ Con las manos tomó la ceniza del lar apagado,/ la vertió en su cabeza,/ afeó su gracioso semblante/ y la negra ceniza manchó sus vestidos nectáreos./ Se tendió sobre el polvo después y ocupó un gran espacio/ y manchóse las manos y así se arrancó los cabellos./ Las cautivas que fueron botín de Patroclo y Aquiles/ por la puerta, afligidas, salieron lanzando gemidos/ y rodearon a Aquiles magnánimo y se golpearon/ con las manos el pecho y sintieron vacíos los miembros./ Gimió Antíloco y se echó a llorar, y en las manos tenía/ las de Aquiles, pues su corazón generoso en suspiros/ se partía, temiendo que el hierro su cuello cortara (Canto XVIII: Tetis acude a consolar a Aquiles por la muerte de su amigo Patroclo).

(...) y a su lado troyanas y dárdanas de talle esbelto/ gemirán noche y día vertiendo a raudales sus lágrimas (...)./ (...) Junto a Aquiles de los pies ligeros, gimiendo y llorando/ a Patroclo, la noche pasáronse los mirmidones./ (Canto XVIII: Aquiles llora sobre el cadáver de Patroclo).

Cuando el polvo manchaba ya aquella cabeza, su madre/ se mesaba el cabello; arrojando de sí el blanco velo,/ prorrumpió, al ver la muerte del hijo, en amargos sollozos./ Suspiró tristemente su padre, y gimió todo el pueblo/ a su lado y por toda la villa, lanzando lamentos./ (...) Las cuñadas y las concuñadas rodeábanla todas/ sosteniéndola exánime como si muerta/ estuviese./ Y una vez vuelta en sí (la esposa de Héctor) y recobrando el aliento perdido,/ empezó entre las teucras (...). (Canto XXII: El Duelo de Troya).

 

(2) En La Eneida (Virgilio, 70 a.c-19 d.c) encontramos igualmente tal violencia:

 

(...) Alrededor de su cadáver se congre­garon una multitud de servidores, los troyanos y las mujeres de Ilión con los cabellos suel­tos, según costumbre funeraria. Más cuando Eneas se mostró en la alta puerta lanzan hacia el cielo sus grandes lamentos golpeándose los pechos, y toda la regia mansión resuena con sus gritos fúnebres. (...) Es conducido también, acabado por los años, el desconso­lado Acetes, golpeando unas veces el pecho con sus puños y otras arañán­dose el rostro con sus uñas o el dolor le desploma por el polvo. (...) Una multitud de frigios que viene en dirección opuesta se une al numero­so cortejo plañidero. (...) La tercera aurora había alejado del cielo­ las frías sombras: una multitud entristecida registraba los montones de ceniza y retiraban los huesos confundidos en el inmenso brasero y los recubría con una capa de tierra todavía caliente (Libro XI: Funeral de Palante).

 

 

(3) En Platón (Fedón, o de la inmortalidad del alma), es Critón el amigo generoso que retira a Jantipa (esposa de Sócra­tes) cuando con sus gritos perturbaba la serenidad de su esposo en el momento de la muerte:

 

"(...) y a Jantipa, a quien conoces, sentada cerca de él teniendo en brazos a uno de sus hijos. Apenas nos vio, prorrumpió en lamentos y a gritar, como suelen las mujeres en ocasiones semejan­tes.(...) Que la lleven a su casa. Inmediatamente entraron los esclavos de Critón y a la fuerza se llevaron a Jantipa que lanzaba desagarradores gritos y se golpeaba furiosamente el rostro".

 

En Fedón, Equécrates y Fedón hablan sobre el día de la muerte de Sócra­tes:

 

"Yo, a pesar de mis esfuerzos, lloré tanto, que no tuve más remedio que cubrirme con mi manto para desahogarme llorando, porque no lloraba por la desventura de Sócrates, sino por mi desgracia al pensar en el amigo que iba a perder. Critón empezó a llorar antes que yo y salió fuera, y Apolodoro, que desde el principio no había hecho más que llorar, empezó a gritar, lamentarse y sollozar de tal manera, que nos partía a todos el corazón, menos a Sócrates. Pero, )qué es esto, amigos míos?, nos dijo. )A qué vienen esos llantos? Para no oír llorar a las mujeres y tener que reñirlas las mandé retirar, porque he oído decir que al morir sólo se deben pronunciar las palabras amables. Callad, pues, y demostrad más firmeza".

 

 

(4) En Esquilo (525-456 a.c.), Eurípides (480-406 a.c.) y Sófocles (496-406 a.c.), encontramos semejantes manifestaciones del duelo:

 

(No, un solo ay no es suficiente! (1030)/ (Cierto, dos o hasta tres se imponen!/ Llora, llora estos trances y ven a mi palacio (1038)/ Estoy ya bañado en llanto (1047)/ (Ay, ay mil veces!/ (Mézclense lúgubres golpes,/ mézclense con lamen­tos! (1050)/ Bate tu pecho y canta con los acordes misios/ (Dolores, dolores! (1055)/ Arráncate los pelos de la barba canosa/ (Sí, sí, a puñados, lúgubremente!/ Da agudos gritos/ Lo hago ya/ Desgarre en tu regazo los vestidos tu mano (1060)/ (Dolores, dolores!/ Arráncate el cabello por piedad hacia el ejército/ (Sí, sí, a puñados, lúgubremente! (Los Persas).

 

Ello claro está; diáfano es el relato./ (Doble calamidad, tristeza irremediable,/ fratricida, fatal muerte! )Qué he de decir,/ sino que a relatar viene un revés al otro?/ (Remad, amigas, bajo un propicio/ viento en el que hay sollozos y manos que golpean/ las cabezas! (Navegue la triste embarcación/ de velas negras con rumbo hacia el Aqueronte,/ la ribera sin sol que odia Apolo, la oscura/ orilla que ha de acoger a todos (Los Siete contra Tebas).

 

En las Suplicantes (115), el coro comienza a cantar de forma agitada, desgarra sus vestiduras y baila frenéticamente.

 

Enviada salí de casa/ a llevar ofrendas vivaz golpeándome./ Los surcos frescos de mi uña/ enrojecen mi faz y mi alma nútrese (25)/ de eternos sollozos./ Mis vestidos de lino,/ que en mi pecho ha desgarrado/ el dolor, gritan hechos jirones/ por unos males que al herirme expulsan (30)/ de mi espíritu el goce. (...) Con ritmo ario, según rito de plañideras/ cisias, mi pecho percuto;/ desde arriba, desde lejos veloz mi mano (425)/ puede verse caer mil veces, en sangre bañada,/ incansable; y resuena mi pobre cabeza/ al ser alcanzada por sonoros golpes. (Electra, ante la tumba de su padre, comienza a verter libaciones sobre la tumba): (...) Tras estas oraciones la libación derramo;/ vosotras es costumbre que, entonando el peán (150)/ del muerto, prorrumpáis en llantos abundantes (Las Coéforas).

 

(...) (Ay, ay! )Cómo no he de gemir, desventurada de mí cuya patria, cuyo esposo y cuyos hijos han perecido? (Oh riqueza magnífica de los abuelos, desaparecida ahora, no eres nada! )Qué tengo que callar? )Qué no tengo que callar? )Por qué he de lamentarme? (Desdichada de mí!(Cuánto sufro en todos mis miembros, con la espalda apoyada en esta dura yacija! (Ay de mi cabeza, de mis sienes, de mis costados! )Sin cesar me vuelvo y me revuelvo de espaldas y de ambos lados, lamentándome miserablemente! (...) )Qué haré por ti, desventurada? Te doy estas llagas y estas erosiones de mi cabeza y de mi pecho, únicas cosas que están en la medida de mis fuerzas (...) (Ay!, (Golpea tu cabeza rapada (...) (Gol­pea, golpea tu cabeza con tus manos, y lastímala (Ay! (Eurípides: Las Troyanas, Hécuba ante la destrucción de Troya).

 

Orestes: (...) Nosotros, por nuestra parte, tan pronto como cubra­mos, según encargaba el dios, la sepultura de mi padre con libacio­nes y exhuberancia de cabellos costados de la cabeza (...). Electra: (...) alzados contra mi pecho ensangrentado (...) de cuánto es lo que lloro a mi padre, el pobre (...). Coro: Sin embargo tienes que saber que lo que es a tu padre no lo vas/ a resucitar de la Laguna del Hades, común a todos,/ ni con lloros ni con súplicas./ Sin embargo te des-trozas gimien­do sin cesar,/ empezando por dolores moderados para terminar en otros incontenibles,/ en los que no radica solución alguna a tus males./ (A qué pretenderme tú esas pesadas cargas! (Sófocles, Electra).

 

 

El segundo rasgo más sobresaliente son ciertos rituales fúnebres que adornar el período inmediato del duelo: cubrirse con las cenizas del difunto, afearse el aspecto y mancharse los vestidos, tenderse sobre el polvo. Los cabellos suel­tos (las mujeres), registrar los montones de ceniza de la pila funeraria y retirar los huesos. Un rizo de cabello (los hombres). Volver la cabeza y abatir las antorchas mien­tras se viste de púrpura el cadáver en la pila funeraria. Dar tres vueltas alrededor del cortejo fúnebre, rociándo­les con agua, con una ramita de romero y un ramo de olivo fértil (La Eneida). Ofrendar leche de vaca, miel, aguas de fuentes vírgenes, vino, frutos oloro­sos, guir­naldas (Esqui­lo: Los Persas; Sófocles: Electra). Raparse la cabeza (viudas), chorrear sangre en las tumbas (Eurípi­des: Las Troya­nas):

 

(...) Dijo así, y lo envolvió una oscurísima nube de pena./ Con las manos tomó la ceniza del lar apagado,/ la vertió en su cabeza,/ afeó su gracioso semblante/ y la negra ceniza manchó sus vestidos nectáreos./ Se tendió sobre el polvo después y ocupó un gran espacio/ y manchóse las manos y así se arrancó los cabellos (La Ilíada).

 

(...) Alrededor de su cadáver se congre­garon una multitud de servidores, los troyanos y las mujeres de Ilión con los cabellos suel­tos, según costumbre funeraria. (...) Una multitud de frigios que viene en direc­ción opuesta se une al numero­so cortejo plañidero. (...) La tercera aurora había alejado del cielo­ las frías sombras: una multi­tud entriste­cida registraba los montones de ceniza y retiraban los huesos confundi­dos en el inmenso brasero y los recubría con una capa de tierra todavía caliente (La Eneida: Libro XI, Funeral de Palante).

 

(...) Por eso vengo sin el carro ni el boato/ usual desde mi casa, para propiciadoras/ libaciones traer al que a mi hijo engendró,/ los dones que a los muertos aplacan, blanca y dulce/ leche de una sagrada vaca, la miel brillante/ que la obrera destila de las flores, las húmedas/ aguas de fuentes vírgenes, el puro licor hijo/ de una madre campestre, gloria de la uva vieja,/ y también aquí están los frutos olorosos/ del verde olivo, cuyo follaje todo el año/ persiste, y, a su lado, mil flores en guirnaldas/ entretejidas, prole de la tierra feraz./ Cantad, amigos, himnos píos para la ofrenda/ que a los muertos aporto y a Darío el divino/ invocad mientras estas honras que ha de beber/ la tierra yo a los númenes de ultratumba consagro (Esquilo: Los Persas: Reina, 600-620).

 

Orestes, junto a la tumba de su padre, corta un rizo de su cabello y lo deposita sobre la tumba: "A Ínaco como pago de su crianza un rizo <ofrendo> y es luctuosa señal este otro... (...) )O acertaré pensando que llevan a mi padre libaciones que suelen aplacar a los muertos? Ello es y no otra cosa; creo que hacia aquí Electra, mi herma­na, se encamina ataviada de luto que a su tristeza cuadra. (...) Sobre la tumba de Agamenón, Orestes y Electra golpean la tierra (480-500) (Esquilo: Las Coéforas)

 

Mientras tanto, los teucros lloraban a Miseno en la playa y rendían los supremos honores a su ceniza insensible. Primero levantaron una ingente pira con maderas resinosas y con un roble cortado, cuyos lados cubren con un sombrío follaje; colocan delante cipreses fúnebres y encima las brillantes armas. Unos calientan agua en recipientes de bronce que hierve sobre las llamas; lavan su cuerpo frío y lo ungen. Se produce el llanto. Luego colocan el cuerpo, sobre el que han llorado, en el lecho funerario y le ponen encima sus vestidos de púrpura, sus vestidos familiares. Otros le levantaron en la gran parihuela, triste deber, y, volviendo la cabeza, tuvieron la antorcha abatida según rito de los mayores. Se quema todo lo amontonado en la pira, las ofrendas de incien­so, las carnes de las víctimas y los recipientes con el aceite vertido. Después que las cenizas cayeron y se extinguió la llama, lavaron los restos del cadáver con vino y la ceniza adherida, y Corineo encerró en una urna de bronce los huesos recogidos. Éste, por tres veces dio vueltas alrededor de sus compañeros, rociándolos con agua lustral, con una ramita de romero y un ramo de olivo fértil; purificó a sus hombres y les dijo las últimas palabras. Mas el piadoso Eneas le erige una gran tumba y pone en ella sus armas, el remo y la trom-peta bajo un elevado monte, que ahora se llama Miseno por él y conserva su eterno nombre por los siglos (La Eneida, Libro VI).

 

(...) (Llévame lejos de mis moradas, vieja esclava con la cabeza rapada miserablemente de una manera lúgubre! (...) y sus mujeres no los envol­verán en velos fúnebres (...) y morirán las viudas, y los padres queda­rán privados de sus hijos criados en vano, y nadie hace chorrear sangre en sus tumbas (...) (...) Y los he visto derri­bados por la lanza heléni­ca, y me he cortado los cabellos en su túmulo fúnebre (...) Porque, si dijeras cosas irritantes para el ejército, este niño no será sepultado y no tendrá lamentaciones funera­rias (...) (Oh querido marido mío, vagas muerto, insepulto y sin lavar! (..) y nues­tros lamentos no nos hubieran dado a conocer, y no hubiéramos transmiti­do nuestros cantos fúnebres a los hombres por venir (...) Arrastro por el suelo mis viejos miembros, y golpeo la tierra con mis dos manos. Después que tú me arrodillo también, y llamamos a nuestros desdi­chados maridos que están bajo tierra (Eurípi­des, Las Troyanas).

 

 

De estos rituales, dos merecen especial atención: el primero tiene relación con la ofrenda de cabellos que, como hemos visto, en los hombres se trataba sólo de un rizo, en las viudas de raparse la cabeza (la parte más noble de la persona), y en las demás mujeres, durante el cortejo fúnebre, llevar el cabello suel­to. Recuérdese que, mágicamen­te, el pelo representa a la persona. La ofrenda de cabellos que hacían los amigos y familiares del muerto significaba el deseo de seguir íntimamen­te unidos con él. Por otro lado, en los funera­les se le ofrece también un mechón de cabellos de la persona muerta a Persé­fone (Pro­ser­pina), diosa de los infiernos, para que fuese bien acogido por la diosa. Por otra parte, ya el luto riguro­so también podía apreciar­se:

 

Sófocles, y los actores que iban a representar una tetralogía, enterados del fallecimiento del gran dramaturgo, se presentaron ante el público de luto riguroso, desprovisto de las coras rituales (Francesc-Lluís Cardona, Prólogo y Presen­ta­ción de Eurípi­des: Las Troyanas, Las Bacantes, Edicomunicaciones, S.A. Barcelona, 1993; José Vara Donado, 1991. En: Sófocles: Tragedias Completas. Ed. Cátedra, Madrid. 1991). Electra, herma­na de Orestes, se encamina ataviada de luto a la tumba de Agamenón (Francesc-Lluís Cardona, Prólogo y Presen­ta­ción de Eurípi­des: Las Troyanas, Las Bacantes, Edicomunica­ciones, S.A. Barcelona, 1993).

 

 

El segundo ritual de interés son los juegos fúnebres que se lleva­ban a cabo durante los primeros nueve días postmortem: la carrera de carros, el pugilato, la lucha, la carrera, el combate, el lanza­miento del peso, el juego del arco y el lanzamiento de jabalina (La Ilíada, canto XXIII: Los funerales de Patroclo). Eneas, además, celebra los juegos fúnebres en el primer aniversario de la muerte de su padre:

 

"Eneas llama a reunión a sus compañeros desde todo el litoral y, desde lo alto de un otero, les dice:

"Nobles dardánidas, estirpe de sangre excelsa de los dioses: transcurri­dos los meses, se ha completado el círculo de un año desde que deposita­mos en la tierra los restos y los huesos de mi divino padre y le consa­gramos los altares fúnebres. Ya está aquí el día, sino me equivoco, al que siempre consideré doloroso y siempre honraré con mis sacrificios (así lo quisisteis, (oh dioses!). Yo, si me encuentro desterrado en las Sirtes de Getulia o sorprendido en los mares de Argos y cautivo en la ciudad de Micenas, cumpliré, no obstante, cada año mis votos y los solemnes desfiles de ritual y colmaré los altares con sus presentes. Ahora, además, creo que no sin la intención, sin la voluntad de los dioses, nos encontraremos ante las cenizas y los huesos de mi padre y traídos entramos en un puerto amigo. (Ea!, pues, celebremos todos las espléndi­das pompas; pidamos vientos favorables y, una vez fundada mi ciudad, quiera que yo todos los años lleve estos sacrificios a los templos a él dedicados. Acestes, hijo de Troya, os da dos bueyes por nave; llamad al banquete a los pena-tes de nuestra patria y a los que nuestro huésped Acestes honra. Además, en el caso de que Aurora por novena vez haya dado a los hombres la bienecho­ra luz del día y haya disipado con sus rayos las sombras del universo, yo propondré para los teucros una justa entre las naves rápidas; y los que destacan en la carrera a pie, el que confía en sus fuerzas, el que es buen lanzador de jabalina, de ligeras flechas, el que se crea capaz de luchar con el cesto terri­ble, que se presenten todos y aspiren al premio de la mereci­da palma de la victoria. Guardad todos silencio y cubrid vuestras sienes con ramas". (...) Hasta aquí se celebraron los juegos en honor reverente de un padre (La Eneida, libro V).

 

 

Algunos de los juegos fúnebres más célebres son los realizados en honor de Patroclo, Ofeltes (los primeros Juegos Nemeos, cuyos jueces vistieron siempre túnicas negras en señal de duelo), Aquiles, Pelias, Layo, Anquises (llamados Juegos Troya­nos y celebrados en Roma hasta el Impe­rio), Azán, Cícico, Heracles, Paris (celebrados aún estando vivo éste), Sinis (bandido que murió a manos del héroe Teseo; son los llamados Juegos Ístmicos; otra tradi­ción considera que estos juegos con-memora­ban la muerte de Escirón, otro bandido muerto por Teseo), Abdero (incluían las competiciones acostum­bra­das con excepción de la carrera de carros) y los celebrados por Teutá­mides en honor de su padre, en los que, durante su celebración, Perseo mató accidental­men­te a su abuelo Acrisio.

 

Finalmente, el tercer rasgo más sobresaliente es su duración, que solía ser corta pero intensa (de 1, 7 y 9 días) en épocas más anti­guas, y más larga (hasta un año) en épocas posteriores:

 

(...) Mas responde con toda franqueza a lo que te pregunto: )Cuántos días para hacerle a Héctor divino las honras necesitas, que me estaré quieto y conmigo el ejército? Y repúsole así el viejo Príamo igual que los dioses: (...) Nueve días por el lloraremos en nuestro palacio; luego, al décimo, celebraremos su entierro, y el pueblo el festín funeral, y al un-décimo haremos su túmulo. Si es preciso entraremos en lucha otra vez al duodécimo (La Ilíada, canto XXIV: Príamo ante Aqui­les). (...) Mas dejemos lo que ya ha pasado aunque estemos muy tristes puesto que el corazón lo debemos domar en el pecho. (...) Enterremos con ánimo firme al que muere, y un día solamente por él entreguémonos todos al llanto (La Ilíada, canto XIX: Reconciliación de Aquiles y Agamenón).

 

"Nuestros mayores establecieron un año de lloro para las mujeres, no para que estuviesen llorando todo aquel tiempo, sino para que no llora­sen más. Para los varones, empero, no existe ningún tiempo señalado por la ley, ya que ninguna época de lloro sería decorosa" (Séneca, carta LXIII). "El fin del duelo, quien no lo pone en la voluntad, lo encuentra en el tiempo" (Séneca, carta LXIII).

 

 

La actitud general ante la muerte de un ser querido (o, más usualmen­te, un amigo o un héroe) bien puede expresarse con estas palabras de Eurípides: "(Cuán dulce para los desgraciados es llorar, gemir lúgu­bremente y cantar sus males! (...) Pero para los desgracia­dos es un consue­lo lanzar lúgubres gemidos (Eurípides: Las Troyanas), aunque, si bien se fomenta la expresión del dolor, se aprecian algunas manifesta­ciones de rechazo del duelo:

 

No quería el rey Príamo el llanto; en silencio, afligidos dentro del corazón, a la pira los muertos llevaron, y una vez encendida la hoguera volvieron a Troya. Los aqueos de grebas hermosas, también afligidos dentro del corazón, a la pira los muertos llevaron y, encendida la hoguera, a las cóncavas naves volvieron. (La Ilíada, canto VII, La Tregua. Construcción del muro).

 

 

No obstante es en Séneca donde encontramos la necesidad de una mayor moderación en las expresiones del duelo, si bien a su vez estimula una expre­sión natural y no fingida de la tristeza y las lágrimas:

 

"Cuando nos hiere la primera nueva de una muerte sentida, cuando nos abrazamos a aquel cuerpo que tiene que pasar de nuestras manos a las llamas, una necesidad natural nos hace verter lágrimas, y los suspiros impulsados por el golpe del dolor maltratan, tal como hacen con todo el cuerpo, también los ojos, en los cuales oprimen y hacen brotar las lágrimas. Estas lágrimas vertidas por comprensión nos caen involuntaria­mente; pero existen otras a las cuales damos salida cuando refrescamos la memoria de los seres que hemos perdido, y entonces la tristeza tiene un punto de dulzor al acordarnos de sus alegres conversaciones, de su trabajo jovial, de su cierta ternura; entonces se nos dilatan los ojos como en el placer. En éstas somos complacientes; en aquéllas, vencidos. No precisa, pues, que retengas las lágrimas, o que las esparzas aten­diendo a los que te rodean y te hacen compañía; nunca será tan vergonzo­so retenerlas o darles curso como fingirlas; dejemos que corran como les plazca" (carta XCIX).

 

"Son innumerables los ejemplos de los que han enterrado hijos jóvenes sin verter una lágrima, de los que de la pira funeraria han acudido al Senado o a cualquier otro oficio público, para ocuparse inmediatamente en otra cosa. Y no sin razón; pues, en primer lugar, es inútil lamentarse si lamentándote no puedes obtener nada; en segundo lugar, es cosa inicua quejarse de lo que nos ha pasado a nosotros, pero está reservado para todos los demás; finalmente, es pura estulticia una lamentación de añoranza, cuando la distancia entre lo perdido y el que lo añora se ha hecho lo más pequeña posible. (...) En el hombre prudente el recuerdo tiene que ser perseverante y breve la lamentación. (...) Cuando el sentimiento se ha evaporado, por decirlo así, vertiendo algunas lágri­mas, el alma no tiene que entregarse al dolor" (carta XCIX).

 

Ante la muerte de un amigo nuestro ojos no tienen que permanecer secos, pero tampoco tienen que deshacerse en lágrimas: no han de llorar, sino lagrimear. )Te parece que te impongo una ley dura, cuando el máximo poeta griego concede el derecho de llorar, pero sólo durante un día, cuando dice que hasta la propia Níobe pensó en tomar alimento? )De dónde vienen, me preguntas, las lamentaciones, de dónde los lloros inmodera­dos? Es que tomamos las lágrimas por muestras de duelo, y al llorar no obedecemos al dolor, sino que lo ponemos de manifiesto (carta LXIII).

 

 

También en Séneca encontramos una clara visión social del duelo y del deudo, tal como Sudnow lo haría 20 siglos después:

 

No es virtud, sino inhumanidad, esto de contemplar el entierro de los suyos con los mismos ojos que cuando estaban vivos y no conmoverse en el primer momento de su separación. Aun suponiendo que te lo prohibiese, hay cosas que permanecen fuera de todo dominio: las lágrimas fluyen aun en aquel que intenta detenerlas, y procuran alivio al espíritu. )Qué haremos, pues? Les permitiremos que caiga, pero sin forzarlas a ello; que fluyan las que derramen el sentimiento, no las que exijan la imita­ción. Pero no añadamos nada a la tristeza ni debemos aumentarla con el ejemplo ajeno. La ostentación del dolor es más exigente que el dolor mismo. ¿Cuántos hay que están tristes para sí solos? Cuando pueden ser escuchados, gimen con mayor violencia, pero más calladamente, con mayor serenidad, en secreto; en cuanto ven a alguien, se siente excitados a nuevos lloros. Entonces se golpean la cabeza, cosa que hubiesen podido hacer más libremente cuando nadie podía impedirlo; entonces invocan a la muerte y se revuelven sobre el lecho; el espectador se va, y cesa todo aquel dolor. También en ésta, como en otras cosas, caemos en el vicio de comportarnos según el ejemplo de la mayoría y de no atender a lo que conviene, sino a lo que se acostumbra. Nos apartamos de la Naturaleza y nos entregamos al arbitrio del pueblo, que no suele ser ejemplo de nada bueno, y en esta cosa, como en tantas otras, se muestra lleno de incon­secuencia. Ve a alguien entero en su dolor, y le califica de poco afectivo y áspero; ve a alguien caído en tierra y abrazado al cadáver, y le llama afeminado y flojo. Es menester, por lo tanto, regular todo según la razón (carta XCIX: Consolaciones por la muerte de un hijo).

 

 

Por otro lado, la participación de niños en las ceremonias de duelo inmediato y muerte de los adultos también solía ser frecuente:

 

Teucro (ante el cadáver de áyax, junto a Tecmesa y Eurísaces, hijo de áyax)): (...) Hijo, acércate a aquí, y situado al lado del padre que te engendró, pon sobre él tus manos suplicante. Siéntate, e implorante ten cogidos en tus manos estos mis cabellos y los de tu madre y en tercer lugar los tuyos, porque son el tesoro del supli­cante. (...) Sujeta, hijo, a tu padre, y cuídalo, y que nadie te mueva, sino, al contrario, mantente firme apegado a él (...)" (Sófocles, Áyax).

 

 

En la Antígona (Sófocles, 496-406 a.c.) podemos también apreciar dos reacciones distorsionadas del duelo:

 

Reacción de Eurídice ante la muerte de su hijo, comentario del corifeo: "No sé, pero, por lo que a mí toca, la verdad es que me parece que es igual de grave el silencio en demasía que el constante griterío sin sentido".

 

 

La locura llega incluso a producir un duelo semejante al produci­do por la pérdida de un ser querido:

 

"De seguro que su madre, compañera de la añosa ancianidad/ y la canosa vejez, cuando llegue a sus oídos que está enfermo,/ aquejado de arrebato de su mente,/ lanzará la desventura­da gritos desgarrado­res, gritos desga­rradores,/ y no el gemido del apenado pájaro, el ruiseñor,/ sino que se lamentará con cantinelas de agudos tonos/ y en sus pechos caerán estré­pitos, producidos por los golpes/ de sus manos, y la mesadura de su blanca cabellera" (Sófocles, Electra).

 

 

8.2. LOS ANTIGUOS CRISTIANOS

 

Durante este período, el fenómeno de las "plañideras" -ya "alquila­das" o "pagadas" para hacer más intenso el duelo- estaba muy extendido; así lo apoyan dos aportaciones de Ariés (4): San Juan Crisós­tomo se indigna­ba contra los cristianos que "alquilaban a mujeres, a paganas como plañide­ras, para hacer más intenso el luto y atizar el fuego del dolor sin escuchar a San Pablo. Por otra parte, los Canones del Patriarcado de Alejandría también reprobaban estas manifestaciones: "los que están de duelo deben limitarse a la iglesia, al monasterio, a la casa, silencio­sos, calmos y dignos, como deben serlo los que creen en la ver-dad de la resurrección".

 

Por principio y por tradición popular, el duelo durante esta época debía sobrepasar la medida; se condenaba menos su carácter mercenario que el exceso que manifestaban, puesto que se descargaba sobre otros la expre­sión de un dolor que no se sentía lo bastante personalmente. No obstan­te, tal manifestación debía mantenerse con esplendor, aunque el precio fuese muy alto.

 

 

8.3. PRIMERA EDAD MEDIA

 

En la primera Edad Media los ritos de la muerte estaban dominados por la familia y amigos del difunto, quienes protagonizaban las escenas del duelo y acompañamiento. Estos ritos eran fundamentalmente civiles y el papel de la iglesia se reducía a la absolución ántuma y póstuma (5).

 

La escena del duelo se hallaba dividida en dos actos sucesivos e inme­diatos: durante el primero, las manifestaciones eran salvajes (al más puro estilo antiguo) o así debían parecerlo: "a penas se constata­ba la muerte, a su alrededor estallaban violentas manifestaciones de desespe­ración" (4), circunstan­cia que contrastaba con la calma y senci­llez del moribundo en espera de la muerte. Tales gestos de pena y dolor sólo eran interrumpidos por el elogio del difunto, segundo acto de esta escena; habitualmente existía un "guía" del duelo quien se encargaba de las palabras de despedida, haciéndose especial hincapié en la esponta­neidad de los acompañantes (familiares, amigos, señores y vasa­llos del difun­to).

 

El duelo solía durar algunas horas, el tiempo de la vela, a veces el tiempo del entierro: un mes como máximo en las grandes ocasiones; las gentes se vestían de rojo, de verde, de azul, del color de los vesti­dos más hermosos para honrar al muerto.

 

 

8.4. SEGUNDA EDAD MEDIA

 

Las convenciones sociales ya no tendían a expresar la violencia del dolor y se inclinaban desde el momento de la muerte hacia la dignidad y el control de uno mismo: ya no parecía tan legítimo ni tan poco tan usual perder el control de uno mismo para llorar a los muertos.

 

El duelo medieval expresaba la angustia de la comunidad visitada por la muerte. Las visitas del duelo rehacían la unidad del grupo, recrea­ban el calor de los días de fiesta (retorno a lo antiguo): las ceremo­nias del entierro se convertían también en una fiesta de la que no es-taba ausente la alegría, donde la risa hacía que con frecuencia las lágrimas desapa­recieran.

 

Allí donde las manifestaciones tradicionales del dolor subsis­tían, como en la España de los siglos XIV y XV (aún persistían las plañide­ras y el duelo tenía por objeto descargar el sufrimiento de los supervi­vien­tes), su apariencia de espontaneidad y su dolorismo se han atenua­do; lo que no se quería decir mediante palabras o gestos, se signifi­caba entonces por el traje y el color: "En el siglo XII, Baudry, abad de Bour­gueil, señalaba como rareza extraña que los españoles se vistieran de negro al morir sus parientes" (4).

 

En la segunda Edad Media, y más particularmente después del esta­bleci­miento de las ordenes mendicantes (carmelitas, agustinos, capu­chi­nos y dominicos), la ceremonia del duelo, el velatorio y el entie­rro cambió de naturaleza; la familia y los amigos, ahora silenciosos, han dejado de ser los principales actores de una acción desdramatiza­da. En adelante, y probablemente a partir de los siglos XII y XIII (4,5), los principales papeles estarán reservados a los sacerdotes (ordenes mendi­cantes espe­cialmente), a personas semejantes a monjes, laicos con funciones reli­giosas, como las ordenes terceras o los cofrades, es de-cir, a los nuevos especialistas de la muerte.

 

Así, el acompañamiento se convierte en una solemne procesión escolás­ti­ca: los parientes y amigos no fueron desde luego apartados, pero en los cortejos ordinarios son tan discretos que llega a dudarse de su presen­cia; pobres y niños de hospital (expósitos o abandonados) empiezan a integrar el cortejo según la riqueza y generosidad del difunto, al tiempo que intercederían en favor suyo ante la corte celes­tial.

 

La procesión solemne del séquito se convierte así en la imagen simbó­lica de la muerte y los funerales; el orden y composición del séquito eran fijados por el muerto en el testamento (costumbre que persiste en los siglos XVI-XVIII): "Desde su último suspiro, el muerto no pertene­ce ya ni a sus iguales o compañeros, ni a su familia, sino a la iglesia; la lectura del oficio de los muertos a sustituido a las antiguas lamenta­ciones" (4).

 

 

8.5. SIGLOS XVI, XVII y XVIII

 

Hay suficientes pruebas para concluir que los rituales mortuorios, propios de siglos anteriores, habían entrado en crisis (4,5,6); el abundan­te cortejo religioso así como las representaciones de caridad y pobreza (comunidades mendicantes, hermandades, pobres, etc.) tendieron a volver­se más sencillas, "sin fasto ni pompa", las procesiones se hicie­ron menos numerosas y las exequias barrocas comienzan a ser mal vistas.

 

Así, las manifestaciones del duelo se relacionaban con la senci­llez: los testadores piden humildad, tanto en la casa como en la igle­sia. A pesar de ello, el duelo con plañideras subsistía en algunas regiones.

Las noticias de una muerte se acogen con frialdad: "quién pierde a su marido o a su mujer busca rápidamente alguien que lo reemplace" (4); en otros casos el superviviente se "retira del mundo" y espera su pro-pio fin. La expresión de dolor sobre el lecho de muerte ya no se admite; en cualquier caso, es pasada en silencio. El que está demasia­do afligido como para volver a una vida normal tras el breve lapso conce­dido por la costumbre, no tiene más remedio que el retirarse al convento, al campo, fuera del mundo en que es conocido.

 

Según Ariés, la voluntad de simplificar los ritos de la muerte, de reducir la importancia afectiva de la sepultura y del duelo fue inspi­ra­da por una causa religiosa, por un ejercicio de humildad cristiana, pero ésta se confundió rápidamente con un sentimiento más ambiguo. Desde entonces el duelo comienza a perder definitivamente su signifi­cado de "liberación", de expresión de sentimientos. Por otra parte, el uso del negro se hace general a partir del siglo XVI.

 

 

8.6. SIGLOS XIX y XX

 

Las manifestaciones públicas del duelo, así como una expresión privada demasiado insistente y lánguida, son ya de naturaleza morbosa: las crisis de lágrimas y las manifestaciones dramáticas se convierten en "crisis de nervios".

 

Después de la muerte se clava en la puerta de la casa del difunto una "esquela de duelo", sustituyendo así a la antigua costumbre de exposi­ción del difunto o del ataúd; el período de duelo se convierte en un "período de visitas": visitas de la familia al cementerio, visitas de los parientes y amigos de la familia, etc.

 

El abandono del duelo, según Ariés, se inicia a partir de finales del siglo XIX, y su prohibición, a partir de 1914. Sin embargo, tal frivo­li­dad no se debe a los supervivientes, sino a una coacción despia­dada de la sociedad: el superviviente queda aplastado entre el peso de su pena y el de la prohibición de la sociedad.

 

El Movimiento Hospice y las Unidades de Cuidados Paliativos inten­tan hoy día recuperar la atención al afligido mediante Unidades del Duelo, que sigue a los afectados y facilitan su proceso de duelo.

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