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Como puedes comprobar en este mapa publicado por Nature, solo el 35% de la humanidad puede beber leche sin tener un buen dolor de estómago después de los 7 u 8 años. La tolerancia a la lactosa, que a muchos nos parece tan natural, es fruto de una mutación genética ocurrida en un pasado no muy lejano en algún lugar entre Asia y Europa. "Si eres intolerante a la lactosa y te bebes un vaso de leche", explican en la revista científica, "te vas a poner realmente malo. Diarrea explosiva, básicamente como una disentería".

Un equipo multidisciplinar estudia desde hace años la pequeña variación genética que se extendió por Europa y permitió a sus poblaciones aprovechar este valioso recurso cuando las cosechas fallaban. El proyecto LeCHE (Lactase Persistence in the early Cultural History of Europe) reúne todo tipo de pruebas, desde arqueológicas hasta genéticas. La mutación que compartimos los europeos se debe al cambio de un solo nucleótido en la secuencia de ADN, mientras que las de otros grupos tolerantes a la lactosa, localizados en África occidental, Oriente Medio y el sudeste asiático, se deben a otras mutaciones.

¿Dónde se produjo este cambio y cómo? Hay varias teorías y muchas pistas interesantes, pero las pruebas principales apuntan a un lugar en oriente Medio hace unos 10.000 años, cuando se empezó a desarrollar la ganadería. El análisis de los restos de ganado neolíticos encontrados en Europa revela que se trata de variedades de esa zona, de modo que los primeros pastores habrían viajado hasta estos lugares con sus rebaños y quizá la mutación que les hizo resistentes.

Los miembros del proyecto LeCHE también han investigado otros aspectos fascinantes. El análisis de las vasijas de esas fechas revela que en el este de Europa, en la actual Polonia, ya se fabricaba queso hace 7.000 años. Se cree transformar la leche en yogur y queso, y reducir así el contenido en lactosa, ayudó a los primeros europeos a adaptarse mejor a su consumo, especialmente en el norte, donde el frío permite conservar mejor estos derivados. Hoy en día, de hecho, en el sur de Europa la tolerancia a la lactosa es menor que en el norte - con porcentajes del 40% en Grecia y Turquía, por ejemplo, frente al 90% de Gran Bretaña o los países escandinavos.

La capacidad de consumir leche ofreció a estas primeras poblaciones una ventaja clara frente a las hambrunas, y un aporte extra de vitamina D en los países con menos sol, aunque en este punto, apuntan en Nature, la extensión de la tolerancia en países como España es una pequeña anomalía y pone el papel de la vitamina D en duda.

La investigación sobre cómo se extendió la capacidad de algunas poblaciones de beber leche puede arrojar pistas sobre el desarrollo y extensión de otras enzimas como la amilasa, que ayuda a digerir el almidón y que podría estar asociada a al consumo de cereales, o la alcohol deshidrogenasa, vital para procesar el alcohol y que podría dar pistas sobre los orígenes de nuestro gusto por la bebida. Pero aún queda mucho por descubrir.

Para conocer más, os recomiendo el fascinante artículo publicado por Nature.

Enlace: Archaeology: The milk revolution (Nature)

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