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El tema de la personalidad doble, múltiple o escindida ha sido abundantemente tratado en la literatura, particularmente por los escritores románticos, antes de la aparición del psicoanálisis.

Algunos de los autores que se interesaron en esta temática fueron E.T.A. Hoffmann, quien en su libro Elixires del diablo, hace sufrir a su protagonista la persecución por parte de una parte de sí escindida, Fedor Dostoyevsky en numerosas novelas, como El doble, Crimen y Castigo, Los hermanos Karamazov, etc., Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, y muchos otros.

Entre los más conocidos figura sin duda Robert Stevenson, quien en 1885, en El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, muestra con notable maestría la división de la personalidad entre dos selves antitéticos.

Según todos estos autores el ser humano posee, en lo más recóndito de sí, otra personalidad, muy diferente a la “oficial”, que suele ser impulsiva, pasional y eventualmente malévola.

El mismo Freud, en sus primeros trabajos, se expresó en similares términos y habló (junto con Breuer) de estados disociados de conciencia y de doble personalidad.

En lo que sigue, transcribo una serie de citas que muestran lo mucho que preocupó a Freud esta temática, por más que posteriormente haya sustituido su concepción inicial de la double conscience y la disociación por la de la represión y la topografía de Inc., Prec. y Cc.

En el texto de Breuer y Freud (1893), encontramos:

“Ya cuando comunicamos las condiciones que según nuestras experiencias son decisivas para que desde traumas psíquicos se desarrollen fenómenos histéricos, nos vimos precisados a hablar de unos estados anormales de conciencia en que se generan esas representaciones patógenas, y a destacar el hecho de que el recuerdo del trauma psíquico eficiente no se halla en la memoria normal del enfermo, sino en la memoria del hipnotizado. Pues bien, mientras más nos ocupábamos de estos fenómenos, más seguro se volvía nuestro convencimiento de que aquella escisión de la conciencia, tan llamativa como double conscience en los casos clásicos consabidos, existe de manera rudimentaria en toda histeria; entonces, la inclinación a disociar y con ello, al surgimiento de estados anormales de conciencia, que resumiremos bajo el nombre de “hipnoides”, sería el fenómeno básico de esta neurosis” [cursivas en el original] (p. 37).

Más adelante dice que en estos estados hipnoides afloran representaciones muy intensas que tienen bloqueado el comercio asociativo con el restante contenido de la conciencia, del que se hallan segregados

En el caso “Señorita Anna O.” (1893), Joseph Breuer dice: “Existían [en la paciente] dos estados de conciencia enteramente separados; alternaban entre sí muy a menudo y sin transición, y fueron divorciándose cada vez más en el curso de la enfermedad. En uno de ellos conocía a su contorno, estaba triste y angustiada pero relativamente normal; en el otro alucinaba, se “portaba mal”, vale decir insultaba, arrojaba las almohadas a la gente toda vez que se lo permitía su contractura, arrancaba con sus dedos móviles los botones del cubrecamas y la ropa blanca, etc.” (p. 49).

“En momentos de claridad total, se quejaba de las profundas tinieblas que invadían su cabeza, de que no podía pensar, se volvía ciega y sorda, tenía dos yoes, el suyo real y uno malo que la constreñía a un comportamiento díscolo, etc.” [negritas agregadas] (Ibid, p. 50).

“Los dos estados de conciencia se sucedían alternados y siempre así: desde la mañana y a medida que avanzaba el día, las ausencias (es decir, el afloramiento de la “condition seconde”) se volvían cada vez más frecuentes, para subsistir ellas solas hacia el atardecer; esos dos estados, decía yo, ya no difirieron meramente como antes, a saber, que en uno (el primero) ella era normal y en el segundo alienada, sino que en el primero vivía como los demás en el invierno de 1881-82, mientras que en el segundo vivía en el invierno de de 1880-81 y había olvidado por completo todo lo sucedido después” (Ibid, p. 57).

Más adelante habla de la “escisión patológica de la conciencia” (Ibid, p. 65).

“Durante todo el trayecto de la enfermedad subsistieron, uno junto a otro, los dos estados de conciencia: el primario, en el cual la paciente era por entero normal psíquicamente, y el estado segundo, que bien podemos comparar con el sueño por su riqueza en fantasías y alucinaciones, por las grandes lagunas que presentaba su recuerdo, y por el hecho de que sus ocurrencias carecían de inhibición y de control (…) la enferma estaba fragmentada en dos personalidades, una de las cuales era psíquicamente normal y la otra, enferma mental” [negritas agregadas] (Ibid, p. 68).

“La escisión de la conciencia en estos casos de histeria adquirida es entonces intencional, deliberada, y, al menos con frecuencia, introducida por un acto voluntario” (Freud, 1893, p. 139).

 

 En las citas transcriptas puede verse como Breuer y Freud entendían el desenlace patológico como debido a la escisión entre un complejo nuclear independiente y la conciencia “normal”, lo que daba por resultado una doble personalidad (como en el caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde).

Lo que esencialmente caracteriza a cada una de estas personalidades es el estado mental que en ella predomina (denominado también estado de conciencia). Este punto posee la mayor importancia, por lo que vale la pena hacer algunas consideraciones al respecto:

El concepto de “estado mental” tiene una larga historia en las conceptualizaciones de la psicología y la psicopatología. A fines del siglo XVIII fue utilizado en las descripciones de los fenómenos que tenían lugar en la hipnosis. Posteriormente se lo utilizó para caracterizar la experiencia subjetiva desde la infancia a la edad adulta, así como las particularidades de una serie de perturbaciones como los estados maníaco-depresivos, los trastornos disociativos de la personalidad, la personalidad múltiple, etc. (Putnam, 1988).

En los últimos años, el psicoanalista e investigador Mardi Horowitz, retomó de modo sistemático este concepto en una serie de publicaciones en las que lo considera como parte de un modelo complejo, que incluye también el análisis de los esquemas interpersonales, los temas problemáticos y los procesamientos defensivos del paciente. La articulación de estos elementos constituye lo que el autor llamó “Análisis Configuracional”, procedimiento mediante el cual es posible realizar una conceptualización del caso, utilizable como guía, tanto en el comienzo de la psicoterapia como a lo largo de la misma (Horowitz, 1987, 1994, 1997, 2005).

Posteriormente, esta noción fue utilizada por el grupo de terapeutas cognitivos del Terzo Centro de Psicoterapia Cognitiva de Roma, en una serie de trabajos que revisten el mayor interés (Semerari, 1999; Semerari, 2000; Carcione, Dimaggio, Falcone, Nicoló, Procacci, Semerari, 2003; Dimaggio, Semerari, 2004).

 

En lo que hace al concepto de estado mental (o estado de conciencia) podríamos decir que mediante el uso de esta expresión se hace posible articular y agrupar, en un único término englobante, un cierto número de conductas, actitudes, sentimientos, etc. del paciente, que constituyen para él una experiencia unitaria y recurrente.

Por lo demás, la experiencia clínica y la bibliografía al respecto (Horowitz, 1987; Putnam, 1988), permiten caracterizar a estos estados diciendo que son organizaciones del self discretas (esto es, acotadas y diferenciables entre sí), que no poseen un contenido único (como un impulso o afecto, por ejemplo), sino que comprenden un conjunto complejo y organizado de variables, entre las que encontramos las siguientes: a) grado de acceso a la memoria de los recuerdos; b) afectos presentes en cada estado; c) atención y cognición (que incluye los temas de pensamientos dominantes en cada estado); d) regulación conductual y fisiológica; e) experiencia del self; f) modalidad vincular.

Estos estados son discretos y discontinuos, pero no siempre son fáciles de observar en la personalidad normal, debido a que en ella se encuentran más modulados y la transición entre los mismos se realiza de un modo suave.

En cambio, en los TLP (trastorno límite de la personalidad), por ejemplo, encontramos cambios bruscos y súbitos de un estado al otro, lo que permite observarlos con la mayor claridad.

Podríamos decir que en general es posible que el elemento de más fácil observación sea el estado emocional, por lo que éste puede hacer de marcador respecto al pasaje de un estado al otro.

También poseen la mayor importancia, para detectar dicho pasaje, los cambios en las expresiones faciales, los tonos de voz, la rapidez o lentitud en el hablar, el tono, ritmo, entonación y volumen de la voz, así como las modificaciones en el contenido temático de las verbalizaciones y la configuración estilística de las emisiones verbales (Liberman, 1976), igualmente propios de cada estado específico.

Cuando se produce el pasaje de un estado a otro, tiene lugar una modificación cualitativa y cuantitativa en las variables que lo configuran. De este modo vemos variaciones en cuanto a los recuerdos accesibles en un estado y en otro (como señalan Breuer y Freud), en la emoción predominante, en el grado de regulación de impulsos, en los temas de pensamiento dominantes, etc.

Vale la pena destacar el cambio en la experiencia del self que tiene lugar al pasar de un estado mental a otro, ya que esta experiencia muestra con claridad la relación entre multiplicidad de estados mentales y multiplicidad de los estados del self (y entre estos últimos y la multiplicidad del self, o de los distintos selves), que encontramos en las citas de Breuer y Freud.

Esta relación es expresada claramente por Philip Bromberg: “Debido a la mayor atención que se le presta hoy en día a la multiplicidad normal de los estados de conciencia, está teniendo lugar un cambio importante en el sentido de alejarnos del continuo inconsciente-preconsciente-consciente y acercarnos a una visión de la mente como una configuración de estados de conciencia cambiantes y discontinuos, que poseen un grado variable de acceso a la percepción y a la cognición. Algunos de estos estados del self (self-states) están desacoplados de la percepción de modo hipnoide en cualquier momento del funcionamiento mental normal, mientras que otros estados del self están virtualmente impedidos de tal acceso, debido a su falta de simbolización lingüística” [negritas agregadas] (2001, p. 225)

Por otra parte, considero que es importante consignar que cada estado mental (o estado del self) posee una representación del otro (o una serie de representaciones) y una modalidad vincular que le son propias, así como una capacidad mentalizadora diferente (Lanza Castelli, 2014).

Cabe agregar que cada estado mental posee una duración particular, así como una frecuencia determinada en la vida del paciente, de modo tal que encontramos estados fugaces y otros perdurables, estados esporádicos y estados reiterados y recurrentes.

En ciertos casos, hay pacientes que permanecen duraderamente en un estado mental problemático, el cual abarca gran parte de su vida mental, como sucede, por ejemplo, en los cuadros depresivos.

En otros, por el contrario, parece haber cierta desregulación y labilidad para el pasaje de un estado a otro, como sucede, por ejemplo, en los pacientes borderline, quienes pueden pasar de estar furiosos a ponerse tristes, luego desapegados, evitativos, impulsivos, etc.  

Por lo demás, el surgimiento de cada estado obedece a algún factor o elemento activador del mismo, presente, sea en las circunstancias externas al sujeto, sea en algún proceso que transcurre en su interior.

Como dice la cita de Bromberg, hoy en día hay una revalorización de la importancia de los estados mentales, de la disociación como defensa ante el trauma y de la personalidad como compuesta de múltiples selves y no de un self unitario. Encontramos, asimismo, la postulación de una psiquis que no es lineal, sino que consiste en un proceso dialéctico, organizado por el equilibrio entre estabilidad y crecimiento de la representación del self, múltiplemente considerado (Bromberg, 1993).

Ésta es la línea que retomaré, con detalle, en los posts que -más adelante- dedicaré al abordaje psicoanalítico contemporáneo de este tema.

Por el momento, cabe decir que sabemos que muy pronto Freud cuestionó la existencia de los estados hipnoides y sustituyó el concepto de escisión por el de represión. De este modo, pasó a considerar a la psiquis como esencialmente unitaria y estructurada en términos de grados de acceso a la conciencia, según la concepción topográfica de inconsciente, preconsciente y consciente.

De todos modos, a pesar del reemplazo de la escisión por la represión, la primera no desapareció enteramente de sus trabajos, como puede verse en las siguientes citas (que son sólo algunas de las que podríamos considerar)

Así, cuando habla de las autocríticas del melancólico, Freud dice: “…detengámonos un momento en la mirada que esta afección, la melancolía, nos ha permitido echar en la constitución íntima del yo humano. Vemos que una parte del yo se contrapone a la otra, la aprecia críticamente, la toma por objeto, digamos (…) la instancia crítica escindida del yo en este caso podría probar su autonomía también en otras situaciones” [negritas agregadas] (1917, p. 245). Desde estas observaciones, Freud desarrollará la noción de Superyo (1923).

 

Cuando se refiere a casos de neurosis obsesiva en los que se advierte una división de la personalidad, como en el caso del “hombre de las ratas”, dice: “…él estaba dividido (zerfallen), en cierto modo, en tres personalidades; yo diría: en una inconsciente y dos preconscientes, entre las cuales podía oscilar su conciencia. Su inconsciente abarcaba las mociones tempranamente sofocadas, mociones que cabe designar como apasionadas y malas; en su estado normal era bueno, jovial, reflexivo, prudente y esclarecido, pero en una tercera organización psíquica rendía tributo a la superstición y el ascetismo, de suerte que podía tener dos convicciones y sustentar dos diversas cosmovisiones. Esta personalidad preconsciente contenía sobre todo las formaciones reactivas frente a sus deseos reprimidos, y es fácil prever que, de continuar la enfermedad, habría devorado a la persona normal” [negritas agregadas] (1909, pp. 102-103).

 

En El Yo y el Ello (1923) dice:

“Constituye una digresión respecto de nuestra meta, si bien una digresión inevitable, que fijemos por un momento nuestra atención en las identificaciones-objeto del yo. Si estas predominan, se vuelven demasiado numerosas e hiperintensas, e inconciliables entre sí, amenaza un resultado patológico.

Puede sobrevenir una fragmentación del yo si las diversas identificaciones se segregan unas a otras mediante resistencias; y tal vez el secreto de los casos de la llamada personalidad múltiple resida en que las identificaciones singulares atraen hacia sí, alternativamente, la conciencia. Pero aun si no se llega tan lejos, se plantea el tema de los conflictos entre las diferentes identificaciones en que el yo se separa, conflictos que, después de todo, no pueden calificarse enteramente de patológicos”  [negritas agregadas] (p. 32).

 

Por otra parte, en los textos de 1927, 1940a y 1940b postula que en ciertos casos el yo se escinde en dos partes, cada una de las cuales funciona con una lógica diferente y posee una relación con la realidad también distinta.

 

Además de Freud, fueron muchos los analistas que retomaron este tema, entre los que podemos nombrar a Otto Rank, Melanie Klein, Ronald Fairbairn, Donald Winnicott, Herbert Rosenfeld, Wilfred Bion y otros (cf. una sinopsis en Grotstein, 1981).

 

Desearía ahora ilustrar los conceptos de estados mentales y selves con un ejemplo clínico. Se trata de un paciente de 45 años de edad, a quien llamaremos Sergio, casado y padre de tres hijos, que trabaja en una empresa multinacional en un cargo gerencial.

Consulta enviado por la esposa, debido a que tenía frecuentes estallidos violentos en el hogar. La esposa le había puesto un ultimátum: o se analizaba, o ella le pediría que se fuera de la casa y la separación. Ante esta amenaza, Sergio decidió consultar.

Lo que sigue son algunos fragmentos de la primera entrevista y un resumen de lo que en entrevistas y sesiones posteriores fuimos pudiendo profundizar en lo que hace a sus distintos estados mentales y selves. Me limito en este caso a este aspecto del material, ya que el interés de incluirlo en este post es sólo por su carácter ilustrativo. No haré mención al modo en que estos selves fueron trabajados, ya que dejo ese aspecto, tan esencial, para posts posteriores.

 Sergio comenzó de la siguiente forma su primera entrevista:

"Licenciado, pienso que no estoy pasando un buen momento anímicamente. Creo que se me han juntado muchas cosas: mi relación laboral, los mismos líos del país ya me están afectando la relación con mi familia y creo que conmigo mismo también.

Si bien no creo que sea alcohólico por la cantidad de alcohol que tomo, pero sí creo que soy alcohólico por la necesidad que a veces necesito de relajarme con el alcohol, habitualmente a la noche o los fines de semana, cosa que también me afecta... y bueno... últimamente estoy teniendo una angustia permanente.

Yo estoy en un puesto ejecutivo alto en una empresa con muchas personas, y bueno, por un lado hay problemas como consecuencia de la crisis, las relaciones políticas ahí adentro, dentro de la cúpula directiva, no es muy homogénea, es decir, es como si hubiera un par de bandos y yo tengo... bando lo digo entre comillas, dos equipos en realidad, no sé cómo decirlo, yo pertenezco a uno y eso me produce fricciones con la otra parte, y por otro lado, los problemas económicos que afectan, no? Que afectan mucho, todo este tema de la empresa, nos cuesta muchísimo pagar los sueldos, pagar impuestos, qué sé yo...

Después, el mismo tema, no sé si con mi familia o no, pero decir que estallo en mi casa".

T: "¿de qué manera?"

P: "No me gusta algo, alguna actitud, y le digo de todo a mi hija o... tengo tres hijos, o a mis hijos, o a mi esposa, diciéndole barbaridades incluso a veces...".

T: "¿A qué le llama barbaridades?".

P: "La otra vez mi hija estaba esperando al novio y no me acuerdo bien cómo fue la situación, y bueno... fui y le grité, le reproché que su novio era un vago, que no estudiaba, a los gritos!!! Pobre criatura!!! Justo salía, tiene 18 años...

Al otro día le pedí perdón, pero bueno... así... tengo salidas medio raras, y cada vez creo que son más... la última vez tuve una agarrada con mi esposa, me sugirió que intentara pedir ayuda, que intentara charlar con alguien (…) vivo angustiado. Cuando salgo de mi casa salgo angustiado, cuando entro a la oficina estoy angustiado, después cuando llego a mi casa quiero estar solo... Ahí es cuando empiezo a tomar vino, tomo vino a la noche y es como si me aislara durante dos o tres horas...hasta que me voy a acostar, a eso de las 10 de la noche, más o menos desde las siete hasta las 10 de la noche. Tomaré una botella de tres cuartos... no almuerzo en la semana... sábado y domingo no sé si la duplico, la puedo llegar a duplicar si almuerzo con vino (…) A veces siento que me estoy hundiendo, me estoy encontrando en un círculo vicioso, estoy tenso por eso necesito tomar alcohol, pero no me sirve demasiado porque estallo, no le hago bien a mi familia que están preocupados."

En otro momento de la entrevista, aclara que tomar lo predispone a los estallidos de furia.

En este breve fragmento de la entrevista, podemos ver el planteo de una diversidad de estados mentales y de selves que se expresan en ellos.

Un estado mental es el de la angustia permanente, otro el de los estallidos de furia, un tercero el del arrepentimiento y un cuarto el que tiene mientras toma alcohol al volver del trabajo, que podríamos llamar estado de soledad.

Tomando estos estados mentales como guía, fuimos profundizando en cada uno de ellos. Algunos de los aspectos que surgieron en relación a los mismos, son:

 

El estado angustiado: tenía su origen fundamentalmente en el trabajo, aunque luego se continuaba fuera de él. Sergio tenía muchos empleados a su cargo y se cargaba con muchas responsabilidades. Su afán perfeccionista y sus enormes autoexigencias, hacían que estuviera siempre angustiado por las cosas que no salían bien o por las consecuencias que esto podría tener, desde ser severamente apercibido hasta ser echado del trabajo (según imaginaba).

Su actitud era poco enérgica con los empleados y de sumisión temerosa con sus jefes.

Llamó a este self “perfeccionista temeroso y sumiso”.

 

El estado de soledad: en él Sergio se entregaba a recuerdos y ensoñaciones. Relató que en el pueblo del cual era oriundo antes de mudarse a la capital, había dejado todos sus amigos, y que cuando tomaba alcohol rememoraba la ronda que formaban, los partidos que jugaban, su rol en el equipo de fútbol del cual era capitán. También se refirió a las charlas en los asados que hacían después de jugar y el afecto entrañable que los había unido durante más de diez años.

El venir a Buenos Aires significó una pérdida muy grande para él. El motivo de ese traslado fue el cierre de una empresa en la que trabajaba anteriormente y la necesidad de buscar nuevos horizontes, que le ofrecieran la posibilidad de un trabajo mejor.

De todos modos, responsabilizaba en parte a su esposa y a su familia por haber tenido que hacer ese traslado, ya que él era el único sostén del hogar.

La hostilidad que esto le generaba permanecía sofocada en este estado mental, pero parecía emerger en el estado de estallidos hostiles.

Junto con el paciente denominamos a este self “triste y nostágico” y vimos que cuando se activaba, Sergio sentía que no lo entendía ninguno de sus seres queridos (quienes se habían adaptado mucho mejor al traslado), por lo que se replegaba en una soledad dolorida y nostalgiosa. Así, desconectado de su mundo circundante, se entregaba a ensoñaciones sobre el pasado mientras bebía alcohol.

Su percepción de sí mismo en ese estado era de alguien excluido, tanto del grupo de amigos como de su familia (aunque en este caso se tratara de una autoexclusión), sin mayores proyectos ni entusiasmo alguno, movido sólo por obligaciones de las que se sustraía temporariamente en esas situaciones.

Los otros eran vividos como unidos entre sí, pero incomprensivos con él y distantes. Desinteresados de su dolor.

 

Los estallidos: en estos estados, Sergio se descontrolaba totalmente y gritaba frases hirientes a su esposa e hijos. Se detonaban por cuestiones que parecían en un primer momento nimias, pero que después pudimos ver que tenían que ver con celos del novio de la hija y con el malestar que le producían las actitudes de independencia por parte de la mujer, o las discrepancias de ésta con la manera de ver las cosas del paciente, o su rehusamiento a someterse a las pautas que éste buscaba establecer.

La furia lo embargaba entonces y, si bien no pasaba a la acción violenta, sí era violento de palabra y en actitudes.

Este self, al que llamamos “loco furioso” tenía una actitud dominante, casi tiránica y se conectaba a través de la violencia y del poder que intentaba ejercer sobre los demás. Veía a los miembros de su familia como incapaces de valerse por sí mismos o de tener criterios propios, mientras que él se sentía el único que sabía cómo tenían que ser las cosas. Su sentimiento de sí era exaltado, con ciertos rasgos de grandiosidad. Su actitud era fuertemente posesiva y le era imposible advertir que los demás tenían una vida propia y criterios también propios.

 

Arrepentimiento y autorreproche: surgía generalmente unas horas después de alguno de estos estallidos. Habitualmente al día siguiente de haber incurrido en alguno de ellos.

En este estado se sentía sumamente culpable y miserable. Pedía perdón enfáticamente y se entregaba a amargos autorreproches.

Denominamos a este self “pecador arrepentido”. El sentimiento de sí estaba en este caso muy menoscabado y la hostilidad se dirigía enteramente contra sí mismo. Si bien conservaba en su memoria muchas de las acciones que había llevado a cabo en el estado de “loco furioso”, se sentía totalmente ajeno en lo vivencial a ese personaje y decía que esa ajenidad experimentada lo hacía sentir como que hubiera sido otra persona la que había estallado de esa forma.

Los otros eran vividos como víctimas a las que debía reparar de un modo u otro y de los que esperaba el perdón.

 

Como podrá observarse, he tomado en este caso como criterio para caracterizar a los selves (y para diferenciarlos entre sí), el estado mental predominante en cada uno, el sentimiento de sí, la forma de ver a los otros y las actitudes para con ellos. También (en dos casos) la orientación de la agresión.

Cabe señalar que éste es uno de los temas importantes en esta problemática: cuáles son los criterios que permiten establecer esta diferenciación. Distintos autores proponen listados diversos, que en su momento analizaremos con detalle.

Vemos también la presencia de la disociación entre los estados mentales, como cuando Sergio decía que sentía como si hubiera sido otra persona la que estallaba.

Podríamos conjeturar también que el estado de ensoñación en soledad tenía características que lo asemejaban a un estado hipnoide, tal como fue definido por Freud y Breuer, disociado del resto de su vida y de la relación con los demás. No obstante, la diferencia fundamental con un estado hipnoide radica en el “procesamiento” de los sentimientos de dolor y añoranza que realiza el paciente, a través de la ingesta de alcohol.

De todos modos, considero preferible no profundizar ahora en estos temas, ya que es necesario primeramente conceptualizar con precisión la disociación (en sus diversos grados y tipos), diferenciándola de la represión, para poder reflexionar más a fondo sobre el tema de la multiplicidad de selves.

En los próximos posts pasaré revista a otros enfoques sobre este tema, que provienen de marcos teóricos no psicoanalíticos. Tras ello, retomaré los estudios actuales sobre los selves múltiples, la disociación y el trauma, dentro del campo del psicoanálisis y, en ese punto, articularé estas conceptualizaciones con el concepto mentalización.

Autor: Gustavo Lanza Castelli

www.mentalizacion.com.ar

 

Referencias:

 

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            Buenos Aires: Amorrortu editores, 1976. Tomo II

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      Buenos Aires: Amorrortu editores, 1976. Tomo II

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Bromberg, P.M. (2001) Standing in the spaces. Essays on Clinical Processes, Trauma & Dissociation.

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Freud, S. (1917) Duelo y Melancolía. Buenos Aires: Amorrortu Editores, vol

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Freud, S. (1927)  Fetichismo. Buenos Aires: Amorrortu Editores, vol XXI,

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Grotstein, J.S. (1981)  Identificación proyectiva y escisión. México: Gedisa, 1983.

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Liberman, D (1976) Lenguaje y Técnica Psicoanalítica. Ediciones Kargieman

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