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G. L. Engel (1914-1999)

George Engel comenzó su carrera bajo la larga sombra su famoso tío el Dr. Emanuel Libman (la L en George L. Engel); creció en su casa con el terror que él podría algún día avergonzar a su “Tío Manny; a la edad de dieciséis años, en 1930, entró a estudiar en el Colegio Dartmouth bajo una notable influencia de las teorías de Jacques Loeb; allí trabajó con amebas y paramecia, tratando de duplicar los experimentos de Loeb. Con el mismo espíritu materialista y antimístico, Engel escribió su primer artículo en el colegio llamado “El pensamiento como un producto del metabolismo cerebral. Siendo muy jóven, obtuvo lo que en aquel tiempo era una posición muy rara para un estudiante universitario de colegio, un puesto de investigación en el Laboratorio Biológico Marítimo de Woods Hole, donde trabajó estrechamente con Ralph Gerard, profesor de fisiología en la Universidad de Chicago y uno de los pioneros de la neuroquímica; este fue el primer proyecto principal de Engel y que condujo a su primera publicación en 1935, a la edad de 21 años: se trataba de un estudio sobre la distribución de compuestos de fósforo orgánicos en los músculos de invertebrados marítimos. Después de Dartmouth, Engel asistió a la Facultad de Medicina Johns Hopkins. Durante sus años preclínicos, Engel era, de hecho, una celebridad científica.

 

Después de su graduación en la Facultad de Medicina en 1938, Engel comenzó su postgrado en el Mount Sinai Hospital en la Ciudad de Nueva Cork, donde su tío Manny Libman era médico consultor hasta su muerte en 1946. Allí fue notablemente influenciado por su jefe de medicina, el Dr. Eli Moschowitz, figura importante por aquel entonces de la “onda” psicosomática, si bien Engel inicialmente permaneció escéptico y distante. En 1940 publicó en el Diario de la Asociación Médica Americana el artículo “El estudiante médico antes y después de la graduación”, en la cual él intencionadamente decía a su auditorio de estudiante que “los factores sociales y psíquicos desempeñan un papel en cada enfermedad, pero en muchas condiciones ellos representan influencias dominantes” y que “los factores mentales representan una fuerza tan activa en el tratamiento de pacientes como los agentes químicos y físicos.” Trabajo muy de la mano con John Romano (fundador del Departamento de Psiquiatría de la Universidad Rochester) y se trasladó con éste a Cincinnati en 1942; allí se dío uno de los acontecimientos más importantes en su vida: el abandono de su resistencia a los factores psicológicos en la medicina (en parte gracias a la ayuda de Rosenbaum). Años después, en 1946, se trasladaría a Rochester con Romano, como profesor de ayudante de psiquiatría y medicina, lugar donde se convirtió al psicoanálisis (su análisis personal fue con Sandor Feldman en 1946); continuó su formación en Chicago, en el Instituto para el Psicoanálisis dirigido por Franz Alexander, donde aprendió lo último de la teoría psicoanalítica y psicosomática que con impaciencia incorporó en su trabajo

 

En 1954 fue elegido presidente de la Sociedad Americana de Psicosomática. Por entonces, Engel emprendió un nuevo programa ambicioso de investigación en tres áreas: colitis de ulcerativa, dolor psicógeno y depresión y secreción gástrica en un niño con una fístula gástrica (“Monica”). Cuando los años setenta se desplegaron, notables cambios alcanzaron varios campos principales de la medicina, y estos cambios tenían efectos importantes en trabajo de Engel. El más considerable fue la decadencia rápida del psicoanálisis (que realmente comenzó en los años sesenta), la subida de las neurociencias y el avance general de una nueva psiquiatría biológica agresiva. Con los cambios en marcha de los años setenta, Engel comenzó a apelar a un nuevo modelo como alternativa al estrecho y restrictivo reduccionismo biomédico de aquel entonces y que se había hecho dominante en la medicina, modelo conocido como “biopsicosocial” (acercamiento tanto al paciente como del estudiante de medicina). Engel murió el 26 de noviembre de1999 a la edad de 85 años.

 

Engel levanta la polémica relacionada con la posibilidad de considerar al duelo como una enfermedad (1964). Contribuye de forma notable a la literatura del duelo con su interpretación de la aflicción desde el punto de vista de dos modelos biológicos primarios de respuesta al peligro y asociados con la pérdida de objeto. Engel propone que el SNC está organizado mediante dos patrones opuestos de respuesta: (1) Reacción de lucha-huida (fight-flight reaction"), considerada como el fundamento biológico de la ansiedad y que tiene como propósito preparar al organismo para un esfuerzo físico vigoroso y protegerle contra el trauma físico y Sistema de conservación-retirada ("The Conservation-Withdrawal System"), considerado como el fundamento biológico de la depresión y el aislamiento. Este sería un estado adaptativo en el que se favorece el reposo del organismo físicamente enfermo, permitiendo la subsecuente recuperación y supervivencia.

 

Según Engel, el duelo debe así ser considerado una enfermedad desde el punto de vista de que "lo patológico" se refiere a un "cambio de estado" y no al hecho de la respuesta. Consecuente con su teoría, divide el duelo en 6 estados o fases:

 

1. Shock e incredulidad: Aturdido en principio, el deudo necesita tiempo para procesar el hecho de la muerte.

2. Desarrollo de la conciencia de pérdida: El patrón de lucha y huida es activado en términos de impulsos emocionales; llanto, rabia, irritabilidad y culpa como formas comunes de manifestar la angustia.

3. Restitución: Los rituales de luto sirven para mantener a la familia y amigos juntos en su esfuerzo de apoyo. El proceso de recuperación se iniciaría cuando la realidad de la pérdida es reconocida. La religión y las creencias espirituales proporcionarían un sentido de paz cuando las expectativas de reunión después de la muerte son enfatizadas.

4. Resolución de la pérdida: El aislamiento de otros permitiría que el trabajo del duelo tuviese lugar, y al mismo tiempo permitiría conservar la energía. Al utilizar el reposo, el deudo sería capaz de recuperar fuerzas y moverse hacia una curación más saludable ("The Conserva tion-Withdrawal System").

5. Idealización, que ayudaría a reprimir sentimientos negativos hacia el difunto.

6. Resultado: El proceso total del duelo tomaría 1 año o más de duración. Para Engel, el grado de culpa, ambivalencia, dependencia, la edad y el número de pérdidas previas afectarían el resultado y el tiempo empleado en la resolución del duelo.

 

Además de la polémica desatada con su interpretación del duelo como un clásico modelo de enfermedad, con Engel, y posteriormente con Parkes, se afianza la teoría biológica del duelo. Años más tarde, Hofer, utilizando los síntomas psicológicos y conductuales descritos por Lindemann y la teoría de los apegos descrita por Bowlby, presenta su "perspectiva psicobiológica" del duelo; Hofer vio las uniones de apego como resultantes de interacciones sociales que sirven como importantes reguladores de sistemas biológicos internos a todo lo largo de la vida. Los síntomas fisiológicos y conductuales de la aflicción, especialmente los crónicos, opuestos a las oleadas agudas de malestar, representarían el retiro de reguladores internos que fueron el resultado de interacciones constantes y emocionalmente significativas con un individuo con el que había un apego significativo.

 

G. Pollock

Su teoría se basa en un proceso ego-adaptativo donde el deudo lucha por renovar un balance interno mientras se readapta a un entorno amenazante. En su opinión, el proceso del duelo consta de los siguientes componentes:

 

A. Fase aguda:

1. Shock: Trastorno inicial del equilibrio del ego, caracterizado por quejidos, lamentos y desmayos.

2. Aflicción propiamente dicha: Se crea un "dolor psíquico" explicado por la "hipótesis del edema" (abultamiento del ego por la excitación secundaria y la incapacidad para descargar la energía debido a la pérdida del objeto) y la "hipótesis de la avulsión" (empobrecimiento del ego). Cuando esto sucede, el único camino es aislarse, retirarse y conservar la energía.

3. Separación: Renuncia al difunto. Sin embargo, si el deudo continúa manteniendo una introyección con el difunto (una comunicación secreta), la resolución del duelo puede verse aplazada.

B. Fase crónica o de reparación:

Proceso de adaptación sin la persona amada en el cual se intenta mantener la fidelidad del equilibrio psíquico interno. Sin embargo, debido a que el deudo encara varias pérdidas secundarias como resultado de la muerte -grupo social, posesiones, etc.-, nuevos duelos son agregados, pudiendo sobrecargar al deudo y hacer la reparación más difícil.

 

C.M. Sanders

Utilizando como base las teorías de los autores precedentes, y su propia investigación empírica ("The Tampa Bereavement Study"), construye su "Teoría integrativa del duelo". El elemento central de esta teoría es el hecho de que cada fuerza psicológica que opera durante el proceso tiene también un fundamento biológico que determina el bienestar físico del individuo; tiene en cuenta factores de la personalidad que influyen en los patrones del duelo, y considera además variables "moderadoras internas" (edad, fuerza del ego, sexo, apego al difunto, relaciones de ambivalencia y dependencia, funcionamiento físico actual) y "externas" (sistemas de apoyo social, circunstancias y características de la muerte y del muerto, situación socio-económica, religiosidad, muerte estigmatizante, crisis concurrentes). Por otra parte, aporta el concepto de "motivación"; esto es, lo que hace que el deudo se mueva de una fase a la otra a pesar de lo doloroso del asunto.

 

Como otros autores, divide la aflicción en fases - cada una con un grupo de respuestas orientativas - cuya dinámica no representa un patrón inflexible. Por el contrario, el deudo se movería hacia adelante y hacia atrás cuando las circunstancias o la necesidades lo requieran, y ocasionalmente permaneciendo en una fase y otra por algún tiempo.

 

Sanders ve el duelo como un estado de progresión hacia la resolución y homeostásis, como adaptativo más que debilitativo, como crecimiento más que regresión. El "continuum" del duelo variaría desde "mucho", "muy largo", hasta "poco", "muy corto".

 

La decisión de sobrevivir no es, sin embargo, el final de este proceso; sólo cuando el individuo ha alcanzado un nuevo nivel de funcionamiento, incorporando los cambios necesarios, se puede decir que ya está listo para empezar de nuevo - resolución del duelo -, una nueva persona, una nueva vida. La duración total de la congoja, propia para cada individuo y sujeta a diversas variables, tomaría habitualmente hasta 3-4 años.

 

Las 5 fases descritas por Sanders, cada una con sus propias características, síntomas físicos y aspectos psicológicos particulares, permiten al clínico orientar su aproximación y situar al deudo en la dinámica del duelo. La flexibilidad de su postura y la comprensión integral de sus conceptos hacen de esta un instrumento útil a toda aproximación al seguimiento de la aflicción.

 

C.M. Parkes

MD, FRCPsyche, es consultante honorario del San Christopher`s Hospice y Psiquiatra consultor en el Joseph`s Hospice, Hackney. Trabajó 13 años con John Bowlby en el Tavistock Institute. Es autor de numerosos estudios en duelo y presidente del Cruse Bereavement Care, la más importante organización de voluntariado en el Reino Unido para la atención de personas que pierden seres queridos.

 

Para este autor, el duelo se asemeja a un trauma físico más que a cualquier otro tipo de enfermedad, y considera al duelo como un estresante mayor que tiene profundas implicaciones sobre la salud (lo que dio pié a que Elliot y Eisdorfer y Osterweiss y Colb. examinen posteriormente el duelo desde el punto de vista de la "teoría de crisis". Por otra parte, ya Holmes y Rahe habían considerado la pérdida del cónyuge como el evento que produce más cambios en la vida adulta). Según Parkes, el superviviente se encuentra en un estado de enorme excitación durante mucho tiempo, que en ocasiones se aproxima al pánico.

 

Las diferencias individuales hacen que las respuestas a la pérdida sean algunas veces "estresor-específicas" (muerte súbita/muerte anticipada) y algunas otras "sujeto específicas" (individuo predispuesto al estrés). En ambos casos, la situación de pérdida amenaza la seguridad del individuo por lo que la persona activa un sistema de alarma (reacción "fight- flight" de Engel). Esta alarma es la respuesta inicial característica para el superviviente cuando una persona emocionalmente significativa de su entorno ha muerto. En su opinión, la resistencia al cambio, la renuencia a ceder posesiones, personas, "status", expectativa, etc., sería la base del duelo (perspectiva que recuerda el modelo psicodinámico propuesto por Freud). De igual forma, las respuestas aprendidas en pérdidas pasadas influencian la respuesta a pérdidas futuras. Para este autor, el proceso de reordenar nuestras suposiciones y creencias del mundo para adoptar un nuevo marco de cambios sería el proceso del duelo.

 

Parkes describe 4 fases del duelo y establece que cada uno de estos estados representa ciertas cualidades del proceso de la aflicción que, más que fijas e inalterables, involucran una sucesión de cuadros clínicos que se solapan y reemplazan unos con otros. La vulnerabilidad individual es especialmente notable en cuanto a la intensidad de su efecto y la duración del duelo.

 

John Bowlby (1907-1990)

Médico psicoanalista inglés que propuso su teoría sobre el apego a partir de su trabajo clínico, inicialmente, y antes de graduarse, como voluntario en una escuela a la que asistían niños con desajustes emocionales agudos, observaciones que en principio le convencieron acerca de la importancia de los vínculos familiares y de la necesidad de involucrar a los miembros de la familia en el abordaje terapéutico de esos niños, y posteriormente – tras la Segunda Guerra Mundial (1945) - ya como Jefe del Departamento de Niños de la Clínica Tavistock, en Londres, donde pudo crear su propia unidad de investigación centrada en el estudio de las relaciones familiares y las consecuencias de las disrupciones en los vínculos madre-hijo (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001; Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969).

 

Alejándose de los planteamientos teóricos psicoanalíticos que habían hasta entonces (se consideraba que el estrecho vínculo afectivo que se establecía entre la madre y el bebé se fundamentaba básicamente en el amor interesado o teoría del impulso secundario), Bowlby elaboró una elegante teoría desde el marco de la etología. Debido a que sus ideas no fueron inicialmente bien recibidas, especialmente por sus supervisores psicoanalíticos Melanie Klein y Joan Riviere, decidió acercarse a colegas que realizaban investigaciones en otras ramas de la ciencia, especialmente en etología (su teoría muestra una indudable orientación etológica al considerar el apego entre madre e hijo como una conducta instintiva con un claro valor adaptativo), biología, el procesamiento de la información, la psicología evolutiva, cognitiva y social, la neurobiología, la teoría sistémica y el mismo psicoanálisis. Sin embargo, su concepción de la conducta instintiva iba más allá de las explicaciones que habían ofrecido etólogos como Lorenz, con un modelo energético-hidraúlico muy en consonancia con los antiguos postulados de la física mecánica. Basándose en la teoría de los sistemas de control, Bolwlby (1969) planteó que la conducta instintiva no es una pauta fija de comportamiento que se reproduce siempre de la misma forma ante una determinada estimulación, sino un plan programado con corrección de objetivos en función de la retroalimentación, que se adapta, modificándose, a las condiciones ambientales (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81)

 

En los orígenes de la teoría del apego, Bowlby, tomó los estudios de Harlow, Spitz sobre el hospitalismo y de Lorenz sobre la impronta (García Losa, E.: Vínculo, ruptura y depresión infantil: de los modelos clásicos al constructo de afectividad negativa. INTERPSIQUIS, 2005; Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969), y colaboró con su colega John Robertson en la recolección de datos sobre los efectos de la hospitalización en el desarrollo psíquico de los niños, trabajo que daría paso a sus hallazgos más significativos (Bowlby y Robertson describieron una secuencia de tres fases en la conducta de los niños de entre 15 y 30 meses de edad, criados por sus madres en forma exclusiva y que por primera vez debían temporalmente separarse de ellas y pasar un período en una institución).

 

Estas “separaciones temporarias” que sufren algunos niños, generalmente por causa de fuerza mayor, fueron tomadas por Bowlby como el paradigma del estudio de campo para la observación de los efectos de éstas sobre los niños en su primera infancia (García Losa, E.: Vínculo, ruptura y depresión infantil: de los modelos clásicos al constructo de afectividad negativa. INTERPSIQUIS. 2005; Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969).

 

En 1944 reporta sus primeros estudios relacionados con el apego (Díaz Atienza, J.: Apego y Psicopatología en la infancia. Facultad de Medicina de Granada. Diciembre, 2003); inicialmente lo hace en jóvenes delincuentes, quienes presentaban como antecedente -hasta en un 40% de los casos- alteraciones en los cuidados maternos (falta de oportunidad para formar el lazo materno-infantil en los tres primeros años de vida, carencia emocional o falta de amor de la madre durante un período limitado de 3 a 6 meses en los dos primeros años de vida y cambios de figura materna durante el mismo período) entre los 6 meses y 5 años de edad. Estos hallazgos confirman sus sospechas respecto a que estas dificultades en los cuidados podrían generar una alteración de la personalidad, personalidad que describe como “exenta de ternura”, y que se caracteriza por:

 

1. Relaciones humanas superficiales.

2. Carencia de sentimientos e imposibilidad para formar nuevas amistades.

3. Inaccesibilidad.

4. Falta de respuesta emocional apropiada acompañada de despreocupación.

5. Engaño, mentira y evasión, frecuentemente sin sentido.

6. Frecuentemente presencia de conductas agresivas que se presentan desde la formas más ligeras de negativismo o burla, hasta las más severas de delincuencia.

7. Con frecuencia presencia de un amplio círculo de pseudoamigos.

8. Con frecuencia despiertan agresividad en quienes los cuidan.

9. La actividad en grupo está limitada por la imposibilidad de soportar frustración de estos niños.

10. Marcada distraibilidad.

11. Posibles actos de tipo antisocial como resultado de las características antes mencionadas.

 

En 1946 describe tres fases en la separación del niño de su cuidador primario: fase de protesta (se asusta, grita y llora), con conductas innatas y lucha por restablecer la proximidad; fase de separación o indefensión aprendida, con pérdida de interés por el medio, problemas psicosomáticos y anorexia, y fase de desapego, en donde el niño abandona las conductas de búsqueda y parece olvidarse al precio de la indiferencia afectiva. Para 1946 ya diferencia “función del apego” (adaptativa y de protección) de “conducta de apego” (integrada en un sistema más general que escapa a la leyes generales del aprendizaje; existe un periodo sensible para que se de, no necesita del refuerzo y hay resistencia a la extinción en ausencia del refuerzo); también es durante este período en que describe las etapas del desarrollo del apego: a) fase de pre-apego (antes de los dos meses, presencia de conductas diferenciadas); b) fase de apego en construcción (de los 2 a los 7 meses, existe diferencia de fines y medios, diferencia a las personas y es posible sustituir la figura de apego); c) fase de apego (se da a partir de los 7 meses y ya la separación no es posible; se empiezan a producir síntomas de ansiedad ante la separación. La figura de apego se representa como figura total; aparte de la figura total, pueden existir figuras secundarias); el niño puede intentar influir sobre la figura de apego (pertenencia ajustada).

 

En 1954, Bowlby, a partir del resultado de sus investigaciones y en su informe para la OMS, recomienda: “Es esencial para la salud mental que el bebé y el niño pequeño tengan una relación íntima, cálida y continuada con su madre en la que los dos encuentren alegría y satisfacción” (Garelli, J.C. Montuori, E.: Vínculo afectivo materno-filial en la primera infancia y teoría del attachment. Arch. Arg. Pediatr, 1997, vol. 95:122-126; Cano de Escoriaza, J.: El apego, factor clave en las relaciones interpersonales, INTERPSIQUIS. 2001; García Losa, E.: Vínculo, ruptura y depresión infantil: de los modelos clásicos al constructo de afectividad negativa. INTERPSIQUIS. 2005). Sin embargo, es en 1958 (su primera formulación sobre la teoría del apego la realizó en su trabajo “La naturaleza del vínculo que el niño tiene con su figura de apego”, de 1958) cuando Bowlby plantea una hipótesis que difiere por completo de las anteriores teorías (teoría del impulso secundario, teoría de succión del objeto primario, teoría del aferramiento a un objeto primario y teoría del anhelo primario de regreso al vientre materno) que en la literatura psicoanalítica y en las obras de psicología en general se venían defendiendo: postula que el vínculo que une al niño con su madre es producto de una serie de sistemas de conducta, cuya consecuencia previsible es aproximarse a la madre.

 

Bowlby señala que los lazos afectivos entre los niños y quienes les cuidan y protegen tienen una base biológica que debe ser analizada en el marco de un contexto evolucionista. Los recién nacidos se comportan de una manera que asegura el acercamiento a adultos protectores; las condiciones que amenazan las posibilidades de salud y sobrevivencia ponen en juego los comportamientos de apego. La teoría sobre el apego se focaliza entonces en el estudio de los procesos a través de los cuales niños desarrollan sentimientos de confianza en la protección paterna y/o adulta (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001; Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969). En su trabajo, Bowlby sustituye la noción de energía libidinal y la necesidad de descarga –propuesta por Freud sobre la base de una neurofisiología del siglo XIX- por un nuevo sistema que pone énfasis en los vínculos tempranos, en la ansiedad de separación, en el duelo y en el trauma infantil (Cano de Escoriaza, J.: El apego, factor clave en las relaciones interpersonales, INTERPSIQUIS. 2001).

 

Más tarde, en 1968, Bowlby define la conducta de apego como cualquier forma de comportamiento que hace que una persona alcance o conserve proximidad con respecto a otro individuo diferenciado y preferido. Plantea que como resultado de la interacción del niño con el entorno y, en especial con la principal figura de ese ambiente (la madre), se crean determinados sistemas de conducta que son activados en la conducta de apego (Rosas Mundaca, M., Gallardo Rayo, I. y Angulo Díaz, P.: Factores que influyen en el apego y la adaptación de los niños adoptados. http://www.ucrania.galeon.com/apego_adopcion.pdf). Para Bowlby, estos sistemas de comportamiento son característicos de cada especie, se organizan en torno al cuidador primario y le sirven al niño para unirse a él; esta conducta tiene como objetivo asegurar su protección y supervivencia (Zan, F.: Avances de la investigación “Relación entre vínculo temprano y trastornos psiquiátricos. http://www.enduc.org.ar/comisfin/ponencia/106-11.doc); además, considera que los sistemas de apego infantiles son similares, en su naturaleza, a los que más tarde se ponen en juego en las relaciones amorosas y, en realidad, señala pocas diferencias entre las relaciones cercanas, sean éstas entre padres e hijos o entre pares (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001). Así, el apego es una conducta instintiva, activada y modulada en la interacción con otros significativos a lo largo del tiempo (Yárnoz, S., Alonso-Arbiol, I., Plazaola, M. y Sainz de Murieta, L.M.: Apego en adultos y percepción de los otros. Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. Anales de psicología 2001, vol. 17, n°2, diciembre, 159-170; Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969).

 

El surgimiento de la teoría del apego puede considerarse sin ninguna duda uno de los hitos fundamentales de la psicología y la tanatología contemporánea.

 

El modelo de Bowlby

“El apego se mantiene en el individuo de la cuna a la tumba”

Bowlby parte del supuesto de que la conducta de apego se organiza utilizando para ello sistemas de control propios del sistema nervioso central, al que se le ha atribuido la función de protección y supervivencia; se trata pues de una conducta instintiva. Existe la tendencia a responder conductual y emocionalmente con el fin de permanecer cerca de la persona que cuida y protege de toda clase de peligros (si bien, el apego, a medida que se crece, no se queda solo en esto); y aquellos que poseen estas tendencias tienen más probabilidades de sobrevivir y de poder traspasar dichas tendencias a generaciones posteriores (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Valdés Sánchez, N. (2002): Consideraciones acerca de los estilos de apego y su repercusión en la práctica clínica. V Congreso Sudamericano de Investigación en Psicoterapia Empírica y III Encuentro Psicoterapéutico, organizado por la Society for Psychotherapy Research, el Comité de Psicoterapia de la Sociedad Chilena de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía, y la Sociedad Chilena de Psicología Clínica. Realizado del 8 al 11 de agosto de 2002: Reñaca, Viña del Mar). De acuerdo con Bowlby, “la teoría del apego es una forma de conceptualizar la propensión de los seres humanos a formar vínculos afectivos fuertes con los demás y de extender las diversas maneras de expresar emociones de angustia, depresión, enfado cuando son abandonados o viven una separación o pérdida”. El apego es el vínculo afectivo que se infiere de una tendencia estable a buscar la proximidad, el contacto, etc., activada y modulada en la interacción con otros significativos a lo largo del tiempo. Subyace a las conductas que se manifiestan, no de una forma mecánica sino en relación con otros sistemas de conducta y circunstancias ambientales (Cano de Escoriaza, J.: El apego, factor clave en las relaciones interpersonales, INTERPSIQUIS. 2001; Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969).

 

Bowlby definió la conducta del apego o “attachement” como cualquier forma de conducta que tiene como resultado el logro o la conservación de la proximidad con otro individuo y vínculo de apego con otro individuo claramente identificado al que se considera mejor capacitado para enfrentarse al mundo. El apego que tiene un individuo hacia otro significa que está dispuesto a buscar proximidad y contacto con ese individuo, y lo hace especialmente en circunstancias específicas (especialmente cuando la persona está enferma o asustada): “la conducta de apego es una forma fundamental de conducta con una motivación distinta de la alimentación y el sexo”. Dicha conducta puede manifestarse de diferentes maneras, en diferentes circunstancias y con diferentes individuos; como núcleo de la teoría se encuentra la reciprocidad de las tempranas relaciones, la que es una pre-condición del desarrollo normal probablemente en todos los mamíferos, incluyendo a los humanos (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; García Losa, E.: Vínculo, ruptura y depresión infantil: de los modelos clásicos al constructo de afectividad negativa. INTERPSIQUIS. 2005; Cano de Escoriaza, J., Gutiérrez Nieto, B.: La sensibilidad o accesibilidad materna, factor clave para el desarrollo de un apego seguro. INTERPSIQUIS. 2002).

 

La teoría del apego postula que las personas tienen una tendencia innata a buscar vínculos de apego, y cuyas funciones principales son tres:

 

1. La supervivencia de la especie

2. La protección

3. La satisfacción individual

 

Las conductas de apego del infante humano (p.ej., búsqueda de la proximidad, sonrisa, agarrarse y colgarse) son correspondidas con las conductas de apego del adulto (tocar, sostener, calmar) y refuerzan la conducta de apego del niño hacia ese adulto en particular.

 

Bowlby define el apego como un sistema de control, es decir, un mecanismo que adapta la conducta a la consecución de fines determinados por las necesidades del momento. Así, el deseo del niño de proximidad o contacto con la figura de apego no es constante, sino que depende de factores tanto endógenos como exógenos (p. ej., miedo del niño, enfrentar situaciones potencialmente peligrosas). Si el niño se siente amenazado, buscará la seguridad que le brinda la proximidad de su figura de apego; si no, se dedicará a explorar el ambiente (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Yárnoz, S., Alonso-Arbiol, I., Plazaola, M. y Sainz de Murieta, L. M. (2001): Apego en adultos y percepción de los otros. vol. 17, nº 2, diciembre, 159-170). Así, la teoría del apego es una forma de conceptualizar la propensión de los seres humanos a formar vínculos afectivos fuertes con los demás y de extender las diversas maneras de expresar emociones de angustia, depresión, enfado cuando son abandonados o viven una separación o pérdida (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969).

 

Cuando las personas nacen se apegan generalmente a las personas cercanas que cuidan de él (sus cuidadores primarios), normalmente la madre, aunque no necesariamente la madre biológica: “si no se desarrolla un vínculo de apego tempranamente los individuos son vulnerables a sufrir diferentes padecimientos”. Bowlby dirigió la atención hacia la ansiedad excesiva ante las separaciones como relacionada generalmente con experiencias adversas en la familia, tales como amenazas repetidas de abandono, o los rechazos de los padres, o la madre, o las enfermedades, o la muerte de los hermanos, de lo cual el niño se siente responsable. Además, relacionó las dificultades de apego al principio de la vida, así como el experimentar sucesivos desapegos, con dificultades en la vida adulta para formar nuevos vínculos de apego o la incapacidad de ser empático. Aunque no lo consideró como depresión infantil sino como una forma universal de duelo secundaria a la separación, otros autores lo postularon como un factor de riesgo para la depresión en niños, especialmente relacionada con el modo en como se establecen dichos vínculos (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; García Losa, E.: Vínculo, ruptura y depresión infantil: de los modelos clásicos al constructo de afectividad negativa. INTERPSIQUIS. 2005).

 

Las principales ideas de Bowlby sobre la influencia de la experiencia anterior vivida por el individuo en su adaptación a las circunstancias actuales se reflejan en el concepto de “developmental pathways” o recorridos evolutivos. Bowlby y otros investigadores como Sroufe, Main y Rutter (citados por Yárnoz Yaben, S.: Normalidad y patología: aportaciones de las teorías del apego. INTERPSIQUIS. 2003) expresan sus ideas sobre la normalidad y la patología, basándose en los siguientes puntos:

 

• No hay una forma única de normalidad, sino que hay diversas conductas que pueden ser consideradas como tales.

• Comenzar un camino desviado de la normalidad no determina el resultado final (la patología). Siempre existe la posibilidad de volver a la normalidad, o de desviarse aún más de ella, dependiendo de las circunstancias que rodean al individuo.

• Cuanto más tiempo se ha seguido por un camino desviado, más difícil resulta volver a la centralidad (normalidad).

 

Bowlby sugiere que la etiología de muchas de las neurosis infantiles está relacionada con la manera en que los niños son tratados por sus madres: “lo crucial es que la patología es siempre el resultado de una falla de cuidados maternos: separación y abandono en familias rotas; inestabilidad, hostilidad, abusos y comunicaciones ansiógenas en la familia intacta” (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Cano de Escoriaza, J.: El apego, factor clave en las relaciones interpersonales, INTERPSIQUIS. 2001). Dicha patología es vista como una desviación en el desarrollo evolutivo del niño que refleja disturbios de su relación real con las personas significativas de su ambiente.

 

El modelo propuesto por Bowlby se basaba en la existencia de cuatro sistemas de conductas relacionados entre sí (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81):

 

1. El sistema de conductas de apego: hace referencia a todas aquellas conductas que están al servicio del mantenimiento de la proximidad y el contacto con las figuras de apego (sonrisas, lloros, contactos táctiles, etc.). Se trata de conductas que se activan cuando aumenta la distancia con la figura de apego o cuando se perciben señales de amenazas, poniéndose en marcha para restablecer la proximidad.

2. El sistema de exploración: está en estrecha relación con el anterior aunque muestra una cierta incompatibilidad con él pues cuando se activan las conductas de apego disminuyen las de exploración del entorno.

3. El sistema de miedo a los extraños: este sistema también muestra su relación con los anteriores, ya que su aparición supone la disminución de las conductas exploratorias y el aumento de las conductas de apego.

4. El sistema afiliativo: aunque entra en cierta contradicción con el miedo a los extraños, se refiere al interés que muestran los individuos, no sólo de la especie humana, por mantener proximidad e interactuar con otros sujetos, incluso con aquellos con quienes no se han establecido vínculos afectivos.

 

Por lo tanto, lejos de encontrarnos ante una simple conducta instintiva, que aparece siempre ante la presencia de un determinado estímulo o señal, el apego hace referencia a una serie de conductas diversas (en plural), cuya activación y desactivación, así como su intensidad y la morfología de sus manifestaciones, va a depender de diversos factores contextuales e individuales (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81). Así, el sistema de apego se mantiene activo durante todo el tiempo y está continuamente monitorizando el ambiente y la disponibilidad de figuras de apego.

 

Modelos Internos de Trabajo (Internal Working Model)

El Sistema Comportamental de Apego es un sistema de control motivacional-conductual, evolucionista y adaptativo. Tiene como objetivo la promoción de la seguridad en la infancia y la niñez a través de la relación del niño con una figura de apego, su cuidador primario. El concepto “apego” adquiere entonces componentes sociales, emocionales, cognitivos y conductuales. El apego pasa a ser una propiedad de las relaciones psicosociales donde un sujeto más débil y menos capaz confía en la protección que le brinda otro sujeto, más competente y poderoso. Ambos sujetos desarrollan vínculos emocionales recíprocos “y construyen una representación interna de la relación vincular”. Esta representación mental interna que construyen los infantes es denominada por Bowlby “internal working model” (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A. (2001): Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires. Cátedra M.M. Casullo; http://www.enduc.org.ar/comisfin/ponencia/106-11.doc; Yárnoz, S., Alonso-Arbiol, I., Plazaola, M. y Sainz de Murieta, L.M.: Apego en adultos y percepción de los otros. Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. Anales de psicología 2001, vol. 17, n°2 (diciembre), 159-170). Así, a través de contactos sucesivos con el mundo exterior y de la consecuente capacidad de respuesta o disponibilidad de las figuras de apego, el niño construye estos “modelos internos activos” del mundo y de las personas significativas dentro de él, incluido él mismo, cada vez más complejos (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969). Una vez organizados, tienen tendencia a operar de forma automática, es decir, fuera de la conciencia. Además, toda nueva información recibida es asimilada a estos modelos preexistentes. Por estas dos razones, estos modelos tienen tendencia a la estabilidad, aunque pueden ser modificados en determinadas circunstancias (Yárnoz, S., Alonso-Arbiol, I., Plazaola, M. y Sainz de Murieta, L.M.: Apego en adultos y percepción de los otros. Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. Anales de psicología 2001, vol. 17, n°2 (diciembre), 159-170).

 

Los modelos internos de trabajo propuestos por Bowlby constituyen un esquema mental donde se depositan las expectativas acerca de los comportamientos de otros hacia el sí mismo, basados en la representación internalizadas de las experiencias de apego pasadas. Este modelo es también un patrón sobre el que se basará la auto-percepción, servirá al sujeto para percibir e interpretar las acciones e intenciones de los demás y para dirigir su conducta, y nos ayudará a entender la estabilidad o inestabilidad del apego romántico en adultos. Cada modelo referido a una relación particular incluye siempre no sólo conceptos o representaciones acerca del si mismo (self) y del otro, sino también expectativas acerca de la relación; así, el niño que recibe respuestas adecuadas a lo largo del tiempo, se ve a sí mismo como seguro, valioso y merecedor de atenciones y de cuidados (en este sentido constituyen una de las bases de la propia identidad y de la autoestima). Estos modelos de vinculación suele mantenerse constante durante toda la vida y trasmitirse de generación en generación (Yárnoz, S., Alonso-Arbiol, I., Plazaola, M. y Sainz de Murieta, L.M.: Apego en adultos y percepción de los otros. Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. Anales de psicología 2001, vol. 17, n°2 (diciembre), 159-170; Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81).

 

Un aspecto clave de estos modelos, que incluyen componentes afectivos y cognitivos, es la noción de quiénes son las figuras de apego, qué se espera de ellas y dónde han de encontrarse. El hecho de que estos modelos deriven de las experiencias de interacción con los cuidadores primarios supone que distintas experiencias llevarán a distintas representaciones mentales. Desde este punto de vista sería posible la existencia de múltiples modelos, si bien lo determinante de la relación con el cuidador es su reacción ante los intentos del niño de buscar su proximidad (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969). Las posibles respuestas del cuidador pueden clasificarse en tres tipos:

 

1. Mostrarse sensible a las llamadas del niño y permitir su acceso, que llevaría a un modelo de apego seguro;

2. Mostrarse insensible e impedir el acceso del niño, lo que supondría un modelo de apego inseguro-evitativo;

3. Atender y permitir el acceso del niño de forma imprevisible, sólo en algunas ocasiones, lo que generaría un modelo inseguro-ambivalente.

 

Los modelos representacionales pueden construirse también en ausencia de interacción con la figura de apego, ya que si el niño llora y pide la proximidad del adulto y éste no está presente, lo importante será la falta de respuesta del cuidador (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81).

 

Aunque Bowlby (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969) admitió que el niño puede llegar a establecer vínculos afectivos con distintas personas, consideraba que los niños estaban predispuestos a vincularse especialmente con una figura principal, y que el apego con esta figura sería diferente cualitativamente del establecido con otras figuras secundarias. Esta monotropía o monotropismo (entendido como la tendencia a tener una jerarquía de preferencias en la que existe un figura central principal de apego) le llevó a considerar que la situación más favorable para el niño era la de establecer un vínculo afectivo principal con la madre, por lo que las situaciones en las que los niños eran criados y atendidos por varias personas no eran las más convenientes (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969). Como bien recuerda Oliva Delgado (Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81), esta primera postura no fue sostenida por Bowlby en escritos posteriores, incluso afirmó haber sido mal interpretado. Tampoco resulta extraño que Bowlby planteará la existencia de la monotropía, ya que la tradición psicoanalítica en la que se había formado Bowlby daba una especial importancia a la relación con la madre; además, las observaciones de los etólogos, en quien basó muchos de sus estudios, parecían confirmarlo.

 

Si hablamos de “situación más favorable”, no hay duda de que “la situación más favorable para un niño es establecer un vínculo afectivo principal con la madre”, aunque “esta madre” no sea su madre biológica, y aunque se den otros cuidadores cercanos: la existencia de una figura central principal de apego es esencial para el niño. Sabemos que a lo largo de la infancia existe una organización piramidal de las figuras de apego, en la cúspide de las cuales normalmente está la madre; si bien, los niños se apegan también al padre, a los hermanos o a otras figuras, tales como abuelos o profesores. A medida que el niño va creciendo, van tomando importancia figuras externas al grupo familiar, tales como los amigos, compañeros de colegio, hasta que en la edad madura se cierra el círculo, y son los propios hijos los que pasan a ser figuras de apego para el sujeto (Yárnoz, S., Alonso-Arbiol, I., Plazaola, M. y Sainz de Murieta, L. M. (2001): Apego en adultos y percepción de los otros. vol. 17, nº 2 (diciembre), 159-170).

 

Estos “internal working model” van a tener una profunda influencia sobre las relaciones sociales del sujeto (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969). Si una persona, durante su infancia, tuvo un apego seguro con sus padres u otras personas significativas que se mostraron sensibles, responsivos y consistentes, en su vida posterior tendrá una actitud básica de confianza en las personas con las que establezca sus relaciones. Por el contrario, si el sujeto tuvo experiencias negativas con sus figuras de apego, tenderá a no esperar nada positivo, estable o gratificante de las relaciones que pueda establecer en su vida adulta. Como siempre, esperará rechazos o falta de respuesta empática.

 

No obstante, el apego evoluciona, se adapta, cambia, y la persona puede aprender a distribuir su mundo de forma diferente; y si las condiciones son favorables, puede llegar a ser una persona normal: “los internal working model pueden cambiar cuando un individuo logra o construye una interpretación nueva de sus experiencias pasadas, particularmente de aquellas relacionadas con el apego. Para Bowlby algunos aspectos de esos modelos internos, en especial los que no son accesibles a la conciencia, son especialmente resistentes al cambio” (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001).

 

Aunque se reconoce la influencia de las ideas psicoanalíticas en el modelo de representaciones objetales, Bowlby también se vio influenciado en el desarrollo de su teoría por los trabajos del neurobiolólogo Young (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001) quien, a su vez, había adoptado algunas propuestas de Kenneth Clark, pionero en estudios de lo que con el tiempo se denominaría “inteligencia artificial”. Clark, dicen Brenlla y colaboradores (2001), sostuvo que los individuos capaces de desarrollar “modelos activadores internos” de sus entornos, aumentan de manera considerable sus probabilidades de sobrevivencia: “la capacidad de construir y usar tales modelos para valorar las diversas consecuencias posibles de acciones alternativas que podemos realizar, permite que nuestros comportamientos sean más flexibles y adaptativos” (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001). Debido a que Clark no se dedicaba al estudio de comportamientos infantiles (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001), Bowlby se interesó de manera especial en las ideas de Piaget sobre el período sensorio-motriz, para quien las concepciones infantiles sobre los objetos son las resultantes de acciones concretas que los niños realizan al manipularlos. En el mismo sentido, las relaciones reiteradas que los niños tienen con figuras cuidadoras y protectoras constituyen la base de representaciones sobre tales relaciones (internal working model), representaciones que al ser evocadas operan frente a nuevas situaciones de apego. Los modelos activadores internalizados se resisten al cambio gracias a la acción de procesos de asimilación, en el sentido piagetiano del término (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001; Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969).

 

Las investigaciones realizadas sobre la estructura y función de los “internal working model” (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001) permiten apreciar cuatro componentes interrelacionados: (1) memorias de las experiencias de apego, (2) creencias, (3) actitudes y (4) expectativas. Los “internal working model” afectan también las reacciones emocionales inmediatas frente a una determinada situación; así, en un momento posterior, el procesamiento cognitivo de la situación puede mantener, ampliar o minimizar la respuesta emocional inicial, dependiendo de cómo el individuo interprete la experiencia.

 

Por otra parte, varios factores determinan la estabilidad de estos modelos (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001):

 

1. Los individuos tienden a seleccionar los ambientes en los cuales las creencias acerca del si mismo y de los demás son compartidas.

2. Los propios sujetos mantienen los modelos que han construido.

3. Las personas procesan la información de modo tal que sea posible sostener la existencia de sus modelos internos.

 

La estabilidad de los modelos puede cambiar, o se pone en riesgo, cuando las circunstancias en el entorno son contrarias a los modelos ya existentes. El impacto de cada experiencia negativa dependerá de su duración y del compromiso emocional que signifique para cada uno (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001).

 

Separaciones temporarias

Como habíamos visto, Bowlby y Robertson describieron una secuencia de tres fases en la conducta de los niños de entre 15 y 30 meses de edad, criados por sus madres en forma exclusiva y que por primera vez debían temporalmente separarse de ellas y pasar un período en una institución. Estas tres fases son (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Garelli, J.C. Montuori, E.: Vínculo afectivo materno-filial en la primera infancia y teoría del attachment. Arch. Arg. Pediatr, 1997, vol. 95:122-126; García Losa, E.: Vínculo, ruptura y depresión infantil: de los modelos clásicos al constructo de afectividad negativa. INTERPSIQUIS. 2005):

 

Fase de protesta

La fase inicial de protesta se inicia poco después de partir la madre y dura desde unas pocas horas hasta una semana, aproximadamente. Durante esta fase, el niño está ansioso, nervioso, excitado, llora intensa, larga y fuertemente, golpea y sacude su cuna, busca a su madre, tiene expectativas de que vuelva pronto, pregunta por ella y se niega a recibir ayuda o consuelo de otras mujeres que se le acerquen, rechazándolas. Cuando mejor es la relación con la madre, mayor es el grado de ansiedad que el niño muestra en esta etapa. La ausencia de la etapa de protesta es indicadora de una relación insatisfactoria previa con la madre.

Fase de desesperación

Durante esta fase su excitación psicomotriz empieza a disminuir, llora con menos intensidad, en forma más monótona, está distante e inactivo y su conducta sugiere desesperanza, empieza a dudar de que su madre vaya a volver. Nada le interesa, no se conecta con el medio que lo rodea y se pasea de acá para allá sin objetivos, como sintiéndose profundamente deprimido.

Fase de desapego

En esta fase desaparece la excitación psicomotriz, el chico deja de llorar y empieza nuevamente a interesarse por el medio que lo rodea; parece como si se estuviera recuperando. Ya no rechaza a las enfermeras u otras personas desconocidas a su cargo: acepta sus cuidados, la comida, y los juguetes que le ofrecen y a veces hasta sonríe y está más sociable. Pero cuando la madre viene a visitarlo se encuentra con un niño cambiado, que parece no reconocerla, se mantiene indiferente, apático y distante. Sin embargo, periódicamente se observan sollozos, ataques de agresividad, no desea compartir sus juguetes con los otros niños y los esconde para que no se los quiten. Si su estadía es suficientemente prolongada, poco a poco puede llegar a perder interés en las personas e interesarse cada vez más en los objetos materiales, juguetes, caramelos y comida. Ya no se ve ansioso frente al cambio de enfermeras, idas y venidas de los padres, ya no le tiene miedo a nadie, ni le importa nadie. Las reacciones de los niños muestran la influencia que la separación de la madre tiene sobre ellos y los mecanismos psicológicos defensivos que se movilizan para sobreponerse a la pérdida.

 

Se debe tener en cuenta que aunque estas tres fases se observan en todos los casos, su duración e intensidad individual variará según el entono en el que el niño transcurre su período de separación de la madre. Para el niño es muy diferente si queda al cuidado de un pariente conocido, y en su propia casa, que si es trasladado a una institución o un hogar para niños, y lo mismo ocurre con la persona o personas destinadas a su cuidado: resulta mucho más traumático para el niño no contar con una figura estable que lo cuide, tal como sucede en las guarderías y asilos para niños (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81).

 

Es de notar que el reencuentro posterior con la madre también muestra a un niño alterado emocionalmente y afectado psicológicamente en su relación con la mamá. Reconciliarse con la mamá después de la separación le llevará un tiempo que dependerá de la duración de la separación y de las características del vínculo que previamente tenía con su madre (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969).

 

La activación de conductas de apego depende de la evaluación por parte del niño de un conjunto de señales del entorno que dan como resultado la experiencia subjetiva de seguridad o inseguridad; el experimentar seguridad es el objetivo del sistema de apego, que es, por tanto, primero y por encima de todo, un regulador de la experiencia emocional (Bowlby, J.: Attachment and Loss. Vol 1: Attachment. London, Basic Books, 1969; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81).

  

Kim Bartholomew

Psicóloga canadiense, profesora asociada del Departamento de Psicología de la Universidad Simon Fraser (Vancouver, Canadá), http://www.sfu.ca/psyc/faculty/bartholomew/. Bartholomew ha sido una de las investigadoras que han planteado nuevas formas de medir los patrones de apego romántico en los adultos; en 1990 propuso una conceptualización más elaborada de lo que se ha dado en llamar “orientaciones, patrones o estilos de apego”. A partir de los reiterados intentos de crear escalas para evaluar esos constructos, se arribó a la conclusión de que existen dos dimensiones mayores subyacentes a las mediciones del apego en el adulto: la ansiedad (frente al abandono o el amor insuficiente) y la evitación (de la intimidad y de la expresión emocional) (Bartholomew, K. (1990). Avoidance of intimacy: An attachment perspective. Journal of Social and Personal Relationships, 7, 147-178; Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001).

 

A partir de los trabajos de Ainsworth sobre los tres tipos de apego como marco para la organización de las diferencias individuales relacionadas con los pensamientos, sentimientos y comportamientos de los adultos en las relaciones románticas, Bartholomew señala que éstas se pueden organizar en relación con otras dos dimensiones relacionadas con las representaciones de Sí Mismo y Del Otro:

 

1) “Modelo de sí mismo” positivo (sí mismo merecedor de amor y de atención) versus negativo (sí mismo no merecedor)

2) “Modelo de otros” positivo (los otros son vistos como disponibles y protectores) versus negativo (los otros son poco confiables o rechazantes).

 

 

 

Modelo del Sí Mismo

(dependencia)

 

 

Positivo

(bajo)

Negativo

(alto)

Positivo

(bajo)

 

Modelo del Otro

(evitación)

 

Preocupado

Seguro

 

 

Negativo

(alto)

Evitativo-temeroso

Evitativo-rechazante

 

Mary D. Salter Ainsworth (1913-1999)

Psicóloga estadounidense nacida en Glendale, Ohio, PhD en psicología del desarrollo en 1939 de la Universidad de Toronto, Canadá. Tras su matrimonio con Leonard Ainsworth en 1950, se trasladó a Londres en donde se unió al equipo de investigación en la Clínica Tavistock de Londres, donde John Bowlby era el director de proyecto. Aquí, Ainsworth se implicó en el proyecto que investigaba los efectos de la separación maternal sobre el desarrollo de la personalidad de los niños. Fue en la Clínica Tavistock donde se planeó conducir unos estudios de campo longitudinales de la interacción madre-hijo a fin de examinar el desarrollo de las relaciones infantiles; esta posibilidad se dio en 1954 cuando ella abandonó la clínica para trasladarse a África (Uganda), lugar donde su esposo había aceptado un cargo en un instituto de investigaciones sociales (http://www.webster.edu/~woolflm/ainsworth.html).

 

Después de dos años en Uganda, Ainsworth y su esposo se trasladaron a Baltimore, lugar donde éste había encontrado trabajo como psicólogo forense. Los resultados de sus investigaciones en Uganda se hicieron públicos años más tarde, cuando ella se hizo un miembro de facultad en la Universidad Johns Hopkins, lugar donde tuvo grandes problemas con la discriminación sexual. A raíz de un cuadro depresivo tras su separación en 1960, buscó la terapia psicoanalítica, la cual tuvo gran influencia sobre su carrera. En 1998, la Fundación Americana de Psicología le concedió la Medalla de Oro por Contribuciones Científicas y fue co-recipiente del primer Premio de Mentoring en la división de psicología del desarrollo del APA (http://www.webster.edu/~woolflm/ainsworth.html). Considerada con John Bowlby como los grandes pioneros en el desarrollo de la teoría del apego, Ainsworth diseñó una situación experimental para examinar, bajo condiciones de alto estrés, el equilibrio entre las conductas de apego y de exploración, es decir, para observar los modelos internos activos “en acción”; este bien reconocido procedimiento de laboratorio es conocido como la “Situación del Extraño” o “Procedimiento de la Situación Extraña”.

 

El trabajo de Ainsworth (Ainsworth, M.D. (1967): Infancy in Uganda: Infant care and the growth of love. Baltimore: Johns Hopkins University Press) ponen bien en claro que entre los niños de la tribu ganda, salvo una pequeña minoría, la conducta afectiva se pone de manifiesto con toda claridad a los 6 meses de vida, como lo demuestra no sólo el llanto del niño cuando la madre sale de la habitación, sino el modo en que la saluda cuando regresa, lleno de sonrisas, con los brazos en alto, y dando grititos de placer (Ainsworth, M.D. (1967): Infancy in Uganda: Infant care and the growth of love. Baltimore: Johns Hopkins University Press; Bowlby, J. (1993). El Vínculo Afectivo. Barcelona, Paidós). Según las observaciones de Ainsworth, la edad a la que se desarrolla la conducta de apego en los ganda no difiere mayormente de la edad a la que se desarrolla esa conducta entre los niños escoceses, de acuerdo con lo investigado por Schaffer y Emerson (citados por Bowlby, 1993); en este sentido, Bowlby (1993) señala: “ambos informes coinciden de modo notable en otros aspectos; entre ellos, la gran diversidad de edades a las que niños diferentes ponen de manifiesto por primera vez la conducta afectiva (desde antes ce los 4 meses a después de los 12); nunca han de olvidarse las amplias variaciones individuales”.

 

En sus estudios, Ainsworth advierte que, poco después de que el bebé comienza a gatear, no siempre permanece junto a la madre. Por el contrario, realiza varias incursiones alejándose de ella, busca explorar otros objetos y gentes y, si se le permite, incluso puede alejarse de su campo visual. Pero sus confiadas incursiones llegan a fin abruptamente de darse una de dos condiciones: a) si el niño se siente aterrorizado o es herido, b) si la madre se aleja de su lado. Entonces aquél vuele con la progenitora tan rápido como le sea posible, con signos más o menos evidentes de zozobra, o bien llora desamparado. En niño ganda más pequeño en quien Ainsworth observó esta pauta de conducta contó 28 semanas de vida. Después de los 8 meses la mayoría de ellos la ponía de manifiesto (Bowlby, J. (1993). El Vínculo Afectivo. Barcelona, Paidós).

 

En su informe sobre los bebés ganda, Ainsworth (Ainsworth, M.D. (1967): Infancy in Uganda: Infant care and the growth of love. Baltimore: Johns Hopkins University Press) señala que, desde alrededor de los 5 meses, aunque se dan variaciones entre los niños, éste tiende a llorar cuando la madre deja la habitación, incluso si hay alguna otra persona con él. Después de los 9 meses con frecuencia lloran menos, porque entonces les resulta más fácil seguir a la madre (mejor y mayor actividad motriz). Como era de esperar, la frecuencia del llanto no sólo varía de un niño al otro sino también según las condiciones específicas. Por ejemplo, siguiendo a Bowlby (1993), en cualquier hogar puede observarse que la conducta de un pequeño de doce meses ante la partida de su madre depende en gran medida del modo en que ésta se moviliza. Una partida lenta y sin causar alboroto suele despertar pocas protestas, en tanto que en caso contrario el pequeño suele romper a llorar o quejarse a viva voz.

 

Se distinguen 2 tipos de separaciones parento-filiales: las físicas y las emocionales. Las “separaciones físicas” son aquellas en que por cualquier causa (enfermedad, viaje, muerte) el niño está físicamente separado de sus padres por un tiempo variable (entre 24 horas y varios días). Las “separaciones emocionales” son aquellas en donde puede o no existir separación física, pero se verifican parámetros observables de desconexión psicológica de la madre con el bebé (Garelli, J.C. Montuori, E.: Vínculo afectivo materno-filial en la primera infancia y teoría del attachment. Arch. Arg. Pediatr, 1997, vol. 95:122-126).

 

Ainsworth (Ainsworth, M.D. (1967): Infancy in Uganda: Infant care and the growth of love. Baltimore: Johns Hopkins University Press) describe más de 12 tipos diferentes de conductas registradas en los bebés durante su primer año de vida:

 

1. Interrupción diferencial del llanto cuando se levanta en brazos al bebé

2. Llanto diferencial ante la partida de la madre

3. Sonrisa diferencial ante estímulos visuales

4. Vocalización diferencial

5. Orientación diferencial visopostural

6. Aproximación diferencial

7. Seguimiento diferencial

8. Respuestas de saludo diferenciales

9. Acciones de treparse y de explorar diferenciales

10. Acción diferencial de ocultar el rostro

11. Empleo de la madre como base exploratoria

12. Huida hacia la madre en busca de seguridad

13. Aferramiento diferencial

 

Al analizar sus resultados, ella resalta que para hacer justicia a los datos obtenidos es preciso utilizar una serie de escalas diferentes, y no simplemente tratar de clasificar a esos niños en un orden linear, según la intensidad de su afecto. En este sentido, un elemento que halla de particular utilidad es el de la seguridad del vínculo afectivo del niño. Por ejemplo, Ainsworth clasifica como “lleno de seguridad” al niño de 1 año que explora con bastante liberta en una situación extraña, utilizando a su madre como “base segura”, que sabe dónde se halla su madre durante su ausencia y que la saluda a su regreso; no importa que la ausencia de la madre le produzca preocupación o que pueda soportar su ausencia, no demasiado prolongada, sin manifestar inquietud. En el extremo opuesto se clasifican los niños “inseguros de sus afectos”: aquellos que no inician una conducta exploratoria incluso cuando la madre se halla presente, que experimentan profunda alarma ante la aparición de un extraño, que se muestran totalmente desorientados e impotentes en ausencia de la madre y que, a su regreso, tal vez no la saludan (Ainsworth, M.D. (1967): Infancy in Uganda: Infant care and the growth of love. Baltimore: Johns Hopkins University Press; Bowlby, J. (1993). El Vínculo Afectivo. Barcelona, Paidós). Ainsworth suponía que en condiciones normales la conducta del niño pequeño hacia la exploración del mundo externo se veía contrarrestada por el apego que le retenía cerca de la madre. Observó que la madre que era la que les proporcionaba a los niños la seguridad necesaria para poder explorar el mundo externo (Cano de Escoriaza, J.: La sensibilidad parental: elemento importante en el desarrollo del vínculo afectivo. INTERPSIQUIS. 2001).

 

Ainsworth y otros investigadores (Ainsworth, M.D., Blehar, M.C., Waters, E. y Walls, S. (1978): Patterns of attachment, a psychological study of the strange situation. Hillsdale, NJ: Erlbaum; Bolwby, J. (1988): A secure base. New York: Basic Books) denominaron “fenómeno de base segura” a esta interacción entre el niño y su cuidador y lo postularon como central en la teoría del apego (Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001).

 

Después de un estudio ulterior de los datos, Ainsworth (Bowlby, J., 1993. El Vínculo Afectivo. Barcelona, Paidós) llegó a la conclusión de que un indicador particularmente valioso de seguridad podría ser el modo en que el niño responde a la madre a su regreso tras una ausencia muy breve. Sus datos sugieren que un niño seguro pone de manifiesto una secuencia organizada de conductas con corrección de objetivos: después de saludar a la madre y acercarse a ella, busca que lo tomen en brazos, trata de aferrársele o bien permanece muy junto a la progenitora. Las respuestas registradas en otros niños son de dos tipos principales: desinterés por el regreso de la madre, o muestras de zozobra y, quizás, “rabietas”, sin efectuar ningún esfuerzo organizado por llegar a ella. El valor del factor seguridad-inseguridad, puntualizado por Ainsworth, es reafirmado por su descubrimiento de que los niños que en la situación experimental representan casos extremos también difieren ampliamente en su conducta en el seno de sus hogares (Bowlby, J. (1993). El Vínculo Afectivo. Barcelona, Paidós).

 

Ainsworth enumera una serie de indicadores de conducta materna que, a su entender, contribuyen al desarrollo de un vínculo de afecto caracterizado por su firmeza. Algunos de estos índices son similares a los de Yarrow (citado por Bowlby, J. (1993). El Vínculo Afectivo. Barcelona, Paidós). Su listado incluye:

 

1. contacto físico frecuente y sostenido entre el bebé y la madre, en especial durante los 6 primeros meses, y habilidad de la madre para apaciguar a un bebé ansioso sosteniéndolo en brazos;

2. sensibilidad de la madre ante las señales del bebé y, en particular, su habilidad para sincronizar sus intervenciones de acuerdo con el ritmo de aquél;

3. ambiente regulado de tal manera que el bebé puede percibir las consecuencias de sus propias acciones.

4. Deleite mutuo. Otra condición que enumera la investigadora, y que tal vez sea tanto el resultado de las citadas anteriormente como condición en sí, es el deleite mutuo que la madre e hijo descubren en su compañía.

 

Situación del Extraño (Procedimiento de la Situación Extraña)

El estudio de las conductas de apego y de la calidad del vínculo entre madre (o cuidador primario) e hijo se puede realizar a través de la prueba de la “Situación extraña” diseñada por Mary Ainsworth, basándose en que las figuras de apego actúan como sustento de la conducta exploratoria y por tanto las separaciones son seguidas de efectos psicológicos y fisiológicos en el niño; la autora partía de la hipótesis de que el tipo de respuestas que el niño mostraba en estas situaciones de laboratorio era consecuencia del estilo en la interacción madre-hijo en el hogar. Reflejaba en cierta manera, el grado de disponibilidad materna percibida por el hijo y, en consecuencia, la mayor o menor seguridad o inseguridad experimentada por el mismo. Es considerado de gran valor diagnóstico y se usa en la clínica de niños para evaluar la calidad del vínculo entre ellos y sus madres en los primeros años de vida (Cano de Escoriaza, J.: La sensibilidad parental: elemento importante en el desarrollo del vínculo afectivo. INTERPSIQUIS. 2001; Rosas Mundaca, M., Gallardo Rayo, I. y Angulo Díaz, P.: Factores que influyen en el apego y la adaptación de los niños adoptados. http://www.ucrania.galeon.com/apego_adopcion.pdf; Zan, F.: Avances de la investigación “Relación entre vínculo temprano y trastornos psiquiátricos. http://www.enduc.org.ar/comisfin/ponencia/106-11.doc; Garelli, J.C. Montuori, E.: Vínculo afectivo materno-filial en la primera infancia y teoría del attachment. Arch. Arg. Pediatr, 1997, vol. 95:122-126; Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81). Aunque la mayoría de observaciones sobre conductas de apego han tenido lugar sobre niños pertenecientes a la cultura occidental, la realización de estudios en otras culturas han cuestionado la validez universal de la Situación del Extraño como procedimiento para evaluar el apego.

 

La “situación extraña”, original diseñada por Ainsworth, se llevó a cabo en un laboratorio experimental. Ainsworth amuebló una pequeña habitación con tres sillas, dejando un espacio abierto en el medio. Una silla, en uno de los rincones, era para la madre; otra, frente a ella, para una desconocida, y una tercera silla, en el extremo opuesto, se destinaba a sostener una pila de juguetes. Se diseñó la situación de manera tal que fuese lo bastante novedosa como para excitar el interés del niño, pero no lo bastante novedosa como para aterrorizarlo. La entrada de una persona desconocida debía ser lo bastante gradual como para que todo atisbo de temor que pudiese provocar fuese atribuido a la falta de familiaridad del pequeño con ella, y no a una conducta abrupta o alarmante (Ainsworth, M.D., Bell, S. M., Stayton, D. J. (1971) Individual differences in strange situation behavior of one year olds. In H. R. Shaffer, The origins of human social relations. New York: Academic Press.; Cano de Escoriaza, J.: La sensibilidad parental: elemento importante en el desarrollo del vínculo afectivo. INTERPSIQUIS. 2001).

 

El Procedimiento de la Situación Extraña consta de una serie de episodios experimentales (Ainsworth, M.D., Bell, S. M., Stayton, D. J. (1971) Individual differences in strange situation behavior of one year olds. In H. R. Shaffer, The origins of human social relations. New York: Academic Press.), organizados de manera tal que los menos perturbadores se registraran en primer lugar; se trataba de situaciones de la vida diaria, similares a muchas otras experiencias del bebé. Tanto la madre como la desconocida recibían instrucciones por adelantado sobre los papeles que debían desempeñar. En un episodio preliminar la madre, acompañada de uno de los observadores, llevaba al bebé a la habitación; luego partía el observador. Durante la serie total de episodios, observadores situados detrás de una ventana que permitía la visión en una dirección única registraban la conducta del bebé, la madre y la desconocida. La duración aproximada de cada una de las etapas es de tres minutos aproximadamente (Cano de Escoriaza, J.: La sensibilidad parental: elemento importante en el desarrollo del vínculo afectivo. INTERPSIQUIS. 2001):

 

Etapa 1 (madre-niño):

La madre y el niño interactúan de una forma natural. Se evalúa la exploración del entorno por parte del niño en presencia de la madre.

Etapa 2 (extraño-madre-niño):

Un extraño entra en la habitación, se sienta silenciosamente durante un minuto, conversa con la madre en el siguiente minuto (pero sin hablar ni dirigirse al niño) y, gradualmente, se aproxima entonces al niño (en este momento, la madre tiene que apartar la mirada de la situación, de manera que no haya contacto ocular con su hijo, ni asentimientos ni interacciones de ningún tipo). Al final del tercer minuto, la madre abandona discretamente la habitación. Se evalúa la respuesta al extraño en presencia de la madre.

Etapa 3 (extraño-niño):

Si el niño está feliz jugando, el extraño no participa. Si el niño está inactivo, el extraño intentará interactuar con él utilizando formas adecuadas como para que el niño se involucre con él. Se evalúa la respuesta del niño a la separación.

Etapa 4 (madre-niño):

La madre entra, se queda parada en la entrada para dar al niño la oportunidad de iniciar una respuesta espontánea hacia ella. La madre se comporta de forma natural, hasta que a los tres minutos se despedirá diciendo “adiós”. Se evalúa la respuesta del niño al reencuentro.

Etapa 5 (niño solo):

El niño se queda solo, a menos que esté tan estresado que la etapa tenga que interrumpirse. Se evalúa la respuesta del niño a la separación.

Etapa 6 (extraño-niño):

El extraño entra y se comporta como en la tercera etapa. Se evalúa la reacción del niño al extraño, después de la separación.

Etapa 7 (madre-niño):

La madre regresa y el extraño se va. Después de observar la reunión, la situación se termina. Se evalúa la respuesta del niño al reencuentro.

 

Ainsworth y colaboradores (Ainsworth, M.D., Blehar, M. C., Waters, E. y Walls, S. (1978) Patterns of attachment, a psychological study of the strange situation. Hillsdale, NJ: Erlbaum) clasificaron las respuestas conductuales del niño a la situación extraña en cuatro tipos:

 

1. Apego: el niño permanece pegado a la madre o escondido detrás de ella.

2. Miedo y recelo: llora o se retrae ante la persona extraña; rechaza el juguete que le ofrece.

3. Conducta exploratoria: el niño muestra interés por el objeto que le ofrece la persona desconocida y todavía más por la persona extraña (la interferencia de la conducta exploratoria del niño aumenta su dependencia y falta de autonomía.).

4. Conducta participativa: el niño busca la relación con el extraño con sonrisas, vocalizaciones, aproximación, contacto corporal o cogiendo el objeto que le ofrece esta persona.

 

En base a estos hallazgos, Ainsworth encontró claras diferencias individuales en el comportamiento de los niños ante esta situación. Estas diferencias le permitieron describir tres patrones conductuales que eran representativos de los distintos tipos de apego establecidos (Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81; Rosas Mundaca, M., Gallardo Rayo, I. y Angulo Díaz, P.: Factores que influyen en el apego y la adaptación de los niños adoptados. http://www.ucrania.galeon.com/apego_adopcion.pdf; Zan, F.: Avances de la investigación “Relación entre vínculo temprano y trastornos psiquiátricos. http://www.enduc.org.ar/comisfin/ponencia/106-11.doc; Díaz Atienza, J.: Apego y Psicopatología en la infancia. Facultad de Medicina de Granada. Diciembre – 2003; Brenlla, M.E., Carreras, M.A. y Brizzio, A.: Evaluación de los estilos de apego en adultos. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, 2001; Valdés Sánchez, N. (2002): Consideraciones acerca de los estilos de apego y su repercusión en la práctica clínica. V Congreso Sudamericano de Investigación en Psicoterapia Empírica y III Encuentro Psicoterapéutico, organizado por la Society for Psychotherapy Research, el Comité de Psicoterapia de la Sociedad Chilena de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía, y la Sociedad Chilena de Psicología Clínica. Realizado del 8 al 11 de agosto de 2002: Reñaca, Viña del Mar):

 

1. Niños de apego seguro

Inmediatamente después de entrar en la sala de juego, estos niños usaban a su madre como una base segura a partir de la que comenzaban a explorar (se muestran seguros mientras permanece la “base de seguridad”). Cuando la madre salía de la habitación, su conducta exploratoria disminuía y se mostraban claramente afectados (presentan ansiedad durante la separación). Su regreso les alegraba claramente y se acercaban a ella buscando el contacto físico durante unos instantes para luego continuar su conducta exploratoria. Existe una confianza por parte del niño hacia sus padres (o figuras parentales), quienes serán accesibles, sensibles a las señales del niño y colaboradores cuando el infante se encuentre en situaciones adversas o amenazantes. Esto le permitirá explorar el mundo con seguridad y confianza. La regulación afectiva es adecuada cuando el niño se recupera fácilmente del estado sobreexcitado de ansiedad, y mantienen una percepción positiva tanto de sí mismos como de los otros, mostrándose bien predispuestos para poder acercarse e involucrarse afectivamente con otros. Se sienten cómodos con la intimidad y la autonomía. El apego seguro se da cuando la persona que cuida demuestra cariño, protección, disponibilidad y atención a las señales de éste. En el dominio interpersonal tienden a ser más cálidas, estables y con relaciones íntimas satisfactorias, y en el intrapersonal suelen ser más positivas, integradas y con perspectivas coherentes de sí mismo. Este modelo ha sido encontrado en un 65-70% de los niños observados en distintas investigaciones realizadas en USA (Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81).

 

2. Niños de apego inseguro-evitativo

Se trataba de niños que se muestran bastante independientes, y desde el primer momento comienzan a explorar e inspeccionar los juguetes, aunque sin utilizar a su madre como base segura, ya que no la miran para comprobar su presencia, sino que la ignoran. Cuando la madre abandona la habitación no parecen verse afectados y tampoco buscan acercarse y contactar físicamente con ella a su regreso (aparentan estar menos ansiosos por la separación). Incluso si su madre buscaba el contacto, ellos rechazan el acercamiento (no demuestran más preferencia por el cuidador que por un extraño). Debido a esta conducta independiente, su conducta en principio puede interpretarse como saludable. Sin embargo, Ainsworth intuyó que se trataba de niños con dificultades emocionales; su desapego era semejante al mostrado por los niños que habían experimentado separaciones dolorosas. Esta conducta se da cuando el cuidador deja de atender constantemente las señales de necesidad de protección del niño, lo que no le permite el desarrollo del sentimiento de confianza que necesita. Se sienten inseguros hacia los demás y esperan ser desplazados sobre la base de las experiencias pasadas de abandono. El niño desconfía de que sus padres le entregarán la ayuda necesaria o requerida por él y tiene la convicción de que en este intento no será apoyado por ellos; así, el niño intenta ser una persona emocionalmente autosuficiente, no buscando el amor ni el apoyo e otras personas. En definitiva, no tolera la distancia de la madre y la proximidad no desactiva las conductas de apego. Las personas evitativas otorgan importancia a la realización personal y la auto-confianza a costa de perder la intimidad con otros. Defensivamente, desvalorizan la importancia de los vínculos afectivos. Estos niños suponen el 20% del total de niños estudiados en USA (Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81).

 

3. Niños de apego inseguro-ambivalente

Estos niños se muestran tan angustiados y preocupados por el paradero de sus madres que apenas exploran. Pasaban un mal rato cuando ésta sale de la habitación y ante su regreso se muestran ambivalentes y oscilantes: vacilaban entre la irritación, la resistencia al contacto, el acercamiento y las conductas de mantenimiento de contacto. Este tipo de apego se da cuando el cuidador está física y emocionalmente disponible sólo en ciertas ocasiones (el cuidado es inconsistente, existe sensibilidad y calidez en algunas ocasiones, y frialdad e insensibilidad en otras), lo que hace al individuo más propenso a la ansiedad de separación y al temor de explorar el mundo. Diversos estudios realizados en distintas culturas también han encontrado relación entre el apego inseguro-ambivalente y la escasa disponibilidad de la madre. No tienen expectativas de confianza respecto a la disponibilidad y respuesta de sus cuidadores, debido a la inconsistencia en las habilidades emocionales. Es evidente un fuerte deseo de intimidad, si bien también tienen una sensación de inseguridad respecto a los demás. Estos niños suponen el 10% del total de niños estudiados en USA (Oliva Delgado, A. (2004): Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y de Psicología del Niño y del Adolescente, 4 (1); 65-81).

 

4. Niños de apego inseguro desorganizado/desorientado

Aunque los tres tipos de apego descritos por Ainsworth han sido los considerados en la mayoría de las investigaciones sobre apego, hoy día también se considera la existencia de un cuarto tipo de apego denominado inseguro desorganizado/desorientado que recoge algunas de las características de los dos grupos de apego inseguro descritos, y que inicialmente eran considerados como inclasificables (Main, M. y Solomon, J. (1986). Discovery of a new, isecure-disorganized/disoriented attachment pattern. En T.B. Brazelton y M. Yogman (Eds.), Affective development in infancy. Norwood, NJ: Ablex.). En este grupo se ubican los niños que muestran la mayor inseguridad. Cuando se reúnen con su madre tras la separación, estos niños muestran una variedad de conductas confusas y contradictorias; así, pueden mirar hacia otro lado mientras son sostenidos por la madre, o se aproximan a ella con una expresión triste y monótona. La mayoría de ellos comunican su desorientación con una expresión de ofuscación; algunos lloran de forma inesperada tras mostrarse tranquilos, o adoptan posturas rígidas y extrañas o movimientos estereotipados (inmovilización, golpeteo con las manos, golpeteo con la cabeza, deseo de escapar de la situación aún en presencia de los cuidadores), y conductas aparentemente no dirigidas hacia un fin, dando la impresión de desorganización y desorientación. Se considera que para tales niños el cuidador ha servido como una fuente tanto de temor como de reaseguramiento, consecuencia de lo cual la activación del sistema conductual del apego produce intensas motivaciones conflictivas. No es de extrañar que una historia de severa desatención o de abuso sexual o físico esté asociada a menudo con este patrón.

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