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Comúnmente se dice que al perder uno de los cinco sentidos, la persona afectada aprende a relacionarse de maneras distintas con el espacio y como resultado de ese esfuerzo adquiere una mayor sensibilidad en los sentidos restantes.

Nunca se ha comprobado y nada prueba, tampoco, que sea imposible. Sin embargo, la vida es esencialmente una experiencia sensorial y la conciencia de que una parte de esa vivencia se pierde cuando alguno de los sentidos resulta afectado por causa de alguna enfermedad o accidente, nos da importantes razones para velar por el funcionamiento adecuado de esos canales de comunicación con el mundo.

Vista, oído, gusto, tacto y olfato nos hacen estar presentes, pero los damos por sentado. De ahí que, cuando uno de ellos comienza a fallar, la sensación de angustia nos lleve a buscar posibles soluciones de inmediato, aunque no en todos los casos se esté a tiempo para ello.

Por eso, no nos cansaremos de decir que en lo relativo a la salud, la mejor manera de arreglar cualquier problema es adelantarse a él mediante la prevención.

Así, por ejemplo, es factible combatir con tratamiento médico los incidentes que ponen en riesgo la audición, pero la pérdida gradual que estos ocasionan puede ser irreversible, de manera que, al detectar las primeras molestias es importante acudir a consulta con el especialista, quien, luego de una exploración llamada otoscopia, descartará o confirmará la presencia de taponamientos, inflamación al interior del oído, perforaciones u otras condiciones externas que puedan desencadenar en sordera.

En seguida, el médico podrá ordenar una audiometría, un estudio que consiste en medir la capacidad auditiva del paciente utilizando un instrumento llamado audiómetro.

Dicho análisis se clasifica en dos tipos: la audiometría aérea, que aporta información sobre la capacidad auditiva real del paciente a partir de la emisión de una serie de sonidos en frecuencias e intensidades distintas. Otra posibilidad, es practicar una audiometría tonal, que se realiza por conducción ósea mediante la colocación de un aparato que produce vibraciones (como el audiómetro Amplivox) detrás de la oreja del paciente y que permite conocer con exactitud la capacidad de audición del oído interno.

Al final, recurrir a esta tecnología será la mejor alternativa para el paciente dada la fidelidad de los resultados que ofrece y también lo será para el médico tomando en cuenta su presentación ergonómica; fácil y segura de utilizar así como su utilidad para la prevención.

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