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Propongo un intercambio sobre el constructo Mentalización, desarrollado por Peter Fonagy y colegas.
Considero interesante intercambiar acerca de los distintos aspectos teóricos del mismo, el desarrollo de la capacidad de mentalizar, sus fallas en distintos trastornos psicopatológicos y los abordajes clínicos útiles para optimizarla.
Incluyo un trabajo que escribí sobre el tema, para su debate.

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Comentarios sobre la viñeta clínica

Retomo el comentario que había hecho hace unos días Aquiles, referido a las estrategias terapéuticas para estimular la mentalización, e incluyo mi respuesta de que era importante diferenciar con cuál de las tres funciones de la mentalización estaba relacionada la perturbación. En este ejemplo de Allen parece claro que la situación del trauma reiterado por el abuso ha impedido la constitución de las representaciones secundarias de los afectos, con lo cual éstos no pueden ser simbolizados ni regulados.
Ha fallado lo que Lecours y Bouchard expresan del siguiente modo: “…proponemos explicar la mentalización como una referencia a una clase general de operaciones mentales, incluyendo la representación y la simbolización, que conducen específicamente a una transformación y elaboración de experiencias afectivo-impulsivas en fenómenos y estructuras mentales crecientemente organizados”
Esto es lo que no ha sucedido en esta paciente, las estructuras mentales crecientemente organizadas, en relación con los afectos, no se han desarrollado, ya sea debido a déficits en el reflejo parental, ya sea por una defensa que recayó no sobre un contenido sino sobre una función, ya sea por ambas razones.
En el intercambio terapéutico puede verse la acción de la defensa en el hecho siguiente: según Allen, “En una sesión, cuando comenzábamos a hablar sobre los orígenes de estos sentimientos, la paciente -de modo casual e inconsciente- puso sus manos en torno a su garganta como si fuera a ahorcarse” Si conjeturamos -con Allen- que el significado de la acción consistía en que “…no podía permitir que los sentimientos en su cuerpo subieran hasta su cabeza, hasta su mente, que fueran mentalizados” resulta clara la intención defensiva de dicha acción.
Este es un punto clave, ya que en el abordaje de las situaciones traumáticas el núcleo del tratamiento consiste en que el paciente acoja en su mente los recuerdos del trauma junto con las emociones implicadas, a medida que se vuelven una experiencia manejable para él, a la vez que desarrolla la capacidad de ponerlas fuera de la mente en forma voluntaria mediante el empleo de estrategias de regulación emocional y de refocalización de la atención. De no ser así, el paciente quedaría expuesto a la emergencia involuntaria de dichas representaciones.
En el ejemplo de Allen el abordaje terapéutico consistió en ayudar a que la paciente desarrollara las representaciones de segundo orden con las que representar sus afectos. Parece que esto fue posible debido a:
1) la denominación conjunta de aquello que la paciente podía registrar de su mundo emocional (“…fuimos capaces de comenzar a denominar alguna de las emociones que la paciente sentía en conjunción con sus sensaciones físicas e impulsos…”).
Esta denominación de las emociones permitió que la paciente las fuera reconociendo en su cualidad y diferenciándolas entre sí. La traducción en palabras de la experiencia vivida ayuda enormemente a lograrlo.
2) simultáneamente, Allen parece haber funcionado como un cuidador reflejante que permitía que la paciente, al verse vista por él como un ser intencional con emociones (dado que podemos suponer que él se representaba a la paciente como una persona con sentimientos), se apropiara de este reflejo (en el que se veía a sí misma reflejada en cómo Allen la veía) y lo internalizara para poder verse a sí misma como sintiendo, lo cual posiblemente facilitó la identificación que fue haciendo de sus distintas emociones. (Como dice Fonagy, sólo podemos vernos y sentirnos como una mente si hemos sido vistos como tal).
Podemos conjeturar también que este proceso fue reforzando su sentimiento de sí, ya que el núcleo del self consiste, justamente, en la internalización de la mirada de otro que lo ve a uno como un ser con intenciones, deseos, afectos, etc. O sea, como un ser intencional (o mentalizante).
Esta actitud reflejante de Allen se dio en un contexto de apego seguro que incluía una actitud empática de su parte, desde la cual escuchaba a la paciente. Esto le permitía a esta última tener voz y poder expresarse, ya que el hecho de no ser escuchada parece relacionado con su sentimiento de no tener voz en las decisiones familiares.
3) otro proceso que tuvo eficacia en este abordaje fue posiblemente la atención conjunta que ambos, paciente y terapeuta, dirigieron hacia los distintos aspectos de la vida de la paciente. Como dice Fonagy: “En nuestra opinión, los procesos atencionales compartidos implicados en todas las terapias psicológicas refuerzan la función interpretativa interpersonal del mentalizar. Si bien su mente probablemente se focalizará en el contenido -el temor de su paciente ante una entrevista de trabajo, por ej.- el valor terapéutico último del intercambio proviene del foco compartido que recae en la experiencia subjetiva del paciente en el contexto de un contenido mental después del otro. Tal como ocurre en la infancia, este proceso atencional conjunto incrementa la capacidad mentalizadora y, concomitantemente, refuerza el sentido del self del paciente”
(Mentalizing in Clinical Practice, p. 168).
Estos tres factores: denominación, reflejo, atención conjunta (en un contexto empático, de apego seguro), parecen ser los que promovieron el mentalizar en la paciente, a partir del cual tuvieron lugar los cambios clínicos referidos, según los cuales aquélla pudo ir diferenciando sus emociones, refiriéndolas al contexto traumático en el que surgieron, tanto presente como pasado (al que pudo ir poniendo en palabras) y, finalmente, regulándolas.
El método empleado, consistente en ir verbalizando las emociones a medida que eran sentidas por la paciente, es la técnica correcta ya que cabe suponer que esta última no podía concebirse -en el comienzo del tratamiento- como una persona poseedora de diversos sentimientos y pensamientos en su vida actual y en el pasado. Si Allen hubiera intentado intervenciones más complejas (como interpretaciones o reconstrucciones) éstas hubieran resultado improcesables y posiblemente perturbadoras para la paciente.






Gustavo Lanza Castelli dijo:
Adolfo, en lugar de responder directamente a su pregunta, prefiero primero abrir un poco el intercambio. Para ello transcribo una viñeta clínica que presenta Jon G. Allen (coautor de algunos libros con Fonagy) en un artículo que pueden encontrar en esta dirección
http://www.menningerclinic.com/resources/Mentalizingallen.htm
El modo de trabajar de Allen me recuerda una propuesta que hacés Carla en tu trabajo “De la palabra hacia atrás”.

“Trabajé con una mujer joven que había sido abusada sexualmente en su infancia del modo más degradante –usada meramente para la gratificación. Este abuso fue peor que humillante, si bien también lo fue; fue deshumanizante.
En su temprana adultez, relaciones estresantes reavivaron sentimientos asociados con su trauma temprano. Cuando se sentía desbordada daba un puñetazo en la pared, algunas veces tan violentamente que se fracturó los nudillos.
En una sesión de los comienzos me dijo que tenía una fuerte sensación en su pecho y en sus antebrazos y, junto con esa sensación, tenía un fuerte impulso de golpear con su puño en la pared. No tenía idea de lo que sentía emocionalmente y mucho menos de aquello que había gatillado los sentimientos, y menos aún de cuál podía ser su origen.
Su experiencia era una sensación crudamente física, acoplada con un impulso a la acción. Esto no tenía sentido alguno.
Gradualmente fuimos capaces de comenzar a denominar alguna de las emociones que la paciente sentía en conjunción con sus sensaciones físicas e impulsos –agitación, miedo y rabia.
En una sesión, cuando comenzábamos a hablar sobre los orígenes de estos sentimientos, la paciente -de modo casual e inconsciente- puso sus manos en torno a su garganta como si fuera a ahorcarse. Este gesto era una acción no mentalizada y dirigí su atención hacia la misma.
Claramente, el gesto podía ser interpretado como autodestructivo. Sin embargo, cuando hablamos de este significado, asociamos este gesto con su falta de habilidad para permitirse tener voz. No podía hablar acerca del abuso; se había sentido persistentemente no escuchada desde entonces y un episodio reciente consistente en un comportamiento autoagresivo fue precipitado por la sensación de no tener voz en una decisión importante en la empresa familiar.
De un modo más metafórico, su gesto de estrangularse me sugirió que no podía permitir que los sentimientos en su cuerpo subieran hasta su cabeza, hasta su mente, que fueran mentalizados.
Gradualmente pudimos poner alguna coherencia mental en todo esto. La paciente fue siendo capaz de identificar las emociones que gatillaban su impulso a pegar un puñetazo en la pared, y a partir de ello pudo referir dichas emociones al significado de algunos episodios de abuso temprano. Además de esto, fue capaz de comprender los desencadenantes actuales de estos sentimientos. Cuando sus sentimientos devinieron significativos pudo manejarlos más eficazmente y su impulso a lastimarse comenzó a decrecer”



Adolfo Pueyrredón dijo:
Fonagy relaciona el poner en palabras con la mentalización explícita, es a esto a lo que usted se refiere con lo que escribió en su trabajo? La simbolización sería lo mismo que la mentalización explícita?
En qué sentido el poner en palabras transforma la experiencia subjetiva? No me queda claro si esto es lo mismo que ya dice Fonagy o si su trabajo aporta alguna idea diferente.


Gustavo Lanza Castelli dijo:
Coincido que este punto es el menos desarrollado por Fonagy y que en la mayoría de sus trabajos pone el acento en los procesos de monitoreo y reflexión sobre los estados mentales. De todos modos, ubica a este proceso en los cimientos de la mentalización.
Por ejemplo, en lo que hace a la constitución de las representaciones para significar los afectos, Fonagy plantea que el niño no es inicialmente consciente de sus estados emocionales en forma introspectiva, sino que sus representaciones de esas emociones se basan en los estímulos del mundo exterior. Es en la respuesta parental que refleja esos estados emocionales del niño, mediante expresiones faciales y expresiones verbales, que éste encuentra el significante de dichos estados (aquí el alertamiento emocional primario sería el significado). El niño internaliza entonces la expresión sensorial proveniente de la madre, la que se convierte en un sistema representacional simbólico de segundo orden mediante el cual el niño podrá representarse sus propios estados afectivos.
Se produce entonces un crecimiento mental de la mayor importancia, o sea, un mentalizar.
En Mentalizing in Clinical Practice Fonagy dice que si bien Freud no utiliza el término mentalizar, plantea la idea fundamental según la cual los procesos mentales surgen de la ligadura de las energías somáticas en pensamiento; esto es, de la transformación de algo no mental en algo mental. Esta transformación es central en el mentalizar (p. 8)
Más adelante dice “La mentalización explícita es simbólica y pintar un cuadro o componer una canción para representar un estado mental -como uno puede hacer en la terapia por el arte- también ha de considerarse como mentalización explícita” (p.26).
En otro texto dice “La simbolización se superpone con lo que hemos referido como la capacidad de jugar con la realidad; esto es, tratar la realidad como representación”
(Mentalization-Based Treatment for Borderline Personality Disorders, p. 7).
En fin, son muchos los lugares donde Fonagy menciona esta idea.
Por mi parte, considero que el poner en palabras es un proceso simbolizante o productor de transformaciones en la experiencia subjetiva que se verbaliza, que favorece el monitoreo de dicha experiencia, la reflexión sobre la misma y su regulación.
He escrito un largo trabajo sobre este tema, que acabo de enviar para su publicación a Aperturas Psicoanalíticas. Su título es “Poner en palabras, mentalización y psicoterapia”
A partir de los comentarios de Gustavo sobre la viñeta y, que enriquecen mucho el intercambio, pensaba que ocurre con el "dolor" por un lado, concepto complejo y que en patologias graves èste es un tema que no podemos obviar. Además querría comentar que seria interesante incluir conceptos desarrollados por Winnicott y Dolto en la medida que nos permiten acercarnos, enriquecer y entender con mayor claridad los conceptos de Fonagy. Es fundamental en un tratamiento psicoterapeutico la construcción de un vinculo empatico entre analista y paciente ya que a diferencia de la telepatia o contagio afectivo marca el encuentro y la diferencia. La empatía humaniza lo deshumanizante y permite que el dolor tenga un interlocutor, es decir, poder transformar una experiencia que no ha podido encontrar una estructura mental en una organización que solo un otro con empatía lo permite. La viñeta plantea distintos afectos, no recuerdo que haya planteado el dolor. Por otro lado estoy de acuerdo con Gustavo en referencia a como intervino el terapeuta, ya que una cosa es hacer conciente lo inconciente en el sentido freudiano sobre la neurosis, otra cuestion es trabajar sobre las emociones que no tuvieron su procesamiento, es decir, no cabía interpretacion o construccion alguna, lo traumatico necesitaba otro tipo de intervención ya que no habia en la paciente la compejidad psiquica que permitiria una interpretación o construcción. Otro tema a trabajar es la constitución del Self, me parece que la mirada es una de las variables a tener en cuenta, hay otras que seria importante incluirlas. Dolto como otros autores que se dedicaron a las enfermedades tempranas en los niños, tienen muy en cuenta, por ej: el acunamiento como forma de procesar el duelo del ritmo del corazo materno en lo intrauterino, la necesidad de presencia materna posterior al amamantamiento, lo que incluye tocar, acunar, mirar, sentirlo vivo, etc. Carlos Titolo
Cuàl es la diferencia que plantea Fònagy entre el trabajo con pacientes neuróticos y el trabajo con pacientes borderline ya que usted dice que en el caso de la paciente de la viñeta no habría que interpetar?



Gustavo Lanza Castelli dijo:
Comentarios sobre la viñeta clínica

Retomo el comentario que había hecho hace unos días Aquiles, referido a las estrategias terapéuticas para estimular la mentalización, e incluyo mi respuesta de que era importante diferenciar con cuál de las tres funciones de la mentalización estaba relacionada la perturbación. En este ejemplo de Allen parece claro que la situación del trauma reiterado por el abuso ha impedido la constitución de las representaciones secundarias de los afectos, con lo cual éstos no pueden ser simbolizados ni regulados.
Ha fallado lo que Lecours y Bouchard expresan del siguiente modo: “…proponemos explicar la mentalización como una referencia a una clase general de operaciones mentales, incluyendo la representación y la simbolización, que conducen específicamente a una transformación y elaboración de experiencias afectivo-impulsivas en fenómenos y estructuras mentales crecientemente organizados”
Esto es lo que no ha sucedido en esta paciente, las estructuras mentales crecientemente organizadas, en relación con los afectos, no se han desarrollado, ya sea debido a déficits en el reflejo parental, ya sea por una defensa que recayó no sobre un contenido sino sobre una función, ya sea por ambas razones.
En el intercambio terapéutico puede verse la acción de la defensa en el hecho siguiente: según Allen, “En una sesión, cuando comenzábamos a hablar sobre los orígenes de estos sentimientos, la paciente -de modo casual e inconsciente- puso sus manos en torno a su garganta como si fuera a ahorcarse” Si conjeturamos -con Allen- que el significado de la acción consistía en que “…no podía permitir que los sentimientos en su cuerpo subieran hasta su cabeza, hasta su mente, que fueran mentalizados” resulta clara la intención defensiva de dicha acción.
Este es un punto clave, ya que en el abordaje de las situaciones traumáticas el núcleo del tratamiento consiste en que el paciente acoja en su mente los recuerdos del trauma junto con las emociones implicadas, a medida que se vuelven una experiencia manejable para él, a la vez que desarrolla la capacidad de ponerlas fuera de la mente en forma voluntaria mediante el empleo de estrategias de regulación emocional y de refocalización de la atención. De no ser así, el paciente quedaría expuesto a la emergencia involuntaria de dichas representaciones.
En el ejemplo de Allen el abordaje terapéutico consistió en ayudar a que la paciente desarrollara las representaciones de segundo orden con las que representar sus afectos. Parece que esto fue posible debido a:
1) la denominación conjunta de aquello que la paciente podía registrar de su mundo emocional (“…fuimos capaces de comenzar a denominar alguna de las emociones que la paciente sentía en conjunción con sus sensaciones físicas e impulsos…”).
Esta denominación de las emociones permitió que la paciente las fuera reconociendo en su cualidad y diferenciándolas entre sí. La traducción en palabras de la experiencia vivida ayuda enormemente a lograrlo.
2) simultáneamente, Allen parece haber funcionado como un cuidador reflejante que permitía que la paciente, al verse vista por él como un ser intencional con emociones (dado que podemos suponer que él se representaba a la paciente como una persona con sentimientos), se apropiara de este reflejo (en el que se veía a sí misma reflejada en cómo Allen la veía) y lo internalizara para poder verse a sí misma como sintiendo, lo cual posiblemente facilitó la identificación que fue haciendo de sus distintas emociones. (Como dice Fonagy, sólo podemos vernos y sentirnos como una mente si hemos sido vistos como tal).
Podemos conjeturar también que este proceso fue reforzando su sentimiento de sí, ya que el núcleo del self consiste, justamente, en la internalización de la mirada de otro que lo ve a uno como un ser con intenciones, deseos, afectos, etc. O sea, como un ser intencional (o mentalizante).
Esta actitud reflejante de Allen se dio en un contexto de apego seguro que incluía una actitud empática de su parte, desde la cual escuchaba a la paciente. Esto le permitía a esta última tener voz y poder expresarse, ya que el hecho de no ser escuchada parece relacionado con su sentimiento de no tener voz en las decisiones familiares.
3) otro proceso que tuvo eficacia en este abordaje fue posiblemente la atención conjunta que ambos, paciente y terapeuta, dirigieron hacia los distintos aspectos de la vida de la paciente. Como dice Fonagy: “En nuestra opinión, los procesos atencionales compartidos implicados en todas las terapias psicológicas refuerzan la función interpretativa interpersonal del mentalizar. Si bien su mente probablemente se focalizará en el contenido -el temor de su paciente ante una entrevista de trabajo, por ej.- el valor terapéutico último del intercambio proviene del foco compartido que recae en la experiencia subjetiva del paciente en el contexto de un contenido mental después del otro. Tal como ocurre en la infancia, este proceso atencional conjunto incrementa la capacidad mentalizadora y, concomitantemente, refuerza el sentido del self del paciente”
(Mentalizing in Clinical Practice, p. 168).
Estos tres factores: denominación, reflejo, atención conjunta (en un contexto empático, de apego seguro), parecen ser los que promovieron el mentalizar en la paciente, a partir del cual tuvieron lugar los cambios clínicos referidos, según los cuales aquélla pudo ir diferenciando sus emociones, refiriéndolas al contexto traumático en el que surgieron, tanto presente como pasado (al que pudo ir poniendo en palabras) y, finalmente, regulándolas.
El método empleado, consistente en ir verbalizando las emociones a medida que eran sentidas por la paciente, es la técnica correcta ya que cabe suponer que esta última no podía concebirse -en el comienzo del tratamiento- como una persona poseedora de diversos sentimientos y pensamientos en su vida actual y en el pasado. Si Allen hubiera intentado intervenciones más complejas (como interpretaciones o reconstrucciones) éstas hubieran resultado improcesables y posiblemente perturbadoras para la paciente.






Gustavo Lanza Castelli dijo:
Adolfo, en lugar de responder directamente a su pregunta, prefiero primero abrir un poco el intercambio. Para ello transcribo una viñeta clínica que presenta Jon G. Allen (coautor de algunos libros con Fonagy) en un artículo que pueden encontrar en esta dirección
http://www.menningerclinic.com/resources/Mentalizingallen.htm
El modo de trabajar de Allen me recuerda una propuesta que hacés Carla en tu trabajo “De la palabra hacia atrás”.

“Trabajé con una mujer joven que había sido abusada sexualmente en su infancia del modo más degradante –usada meramente para la gratificación. Este abuso fue peor que humillante, si bien también lo fue; fue deshumanizante.
En su temprana adultez, relaciones estresantes reavivaron sentimientos asociados con su trauma temprano. Cuando se sentía desbordada daba un puñetazo en la pared, algunas veces tan violentamente que se fracturó los nudillos.
En una sesión de los comienzos me dijo que tenía una fuerte sensación en su pecho y en sus antebrazos y, junto con esa sensación, tenía un fuerte impulso de golpear con su puño en la pared. No tenía idea de lo que sentía emocionalmente y mucho menos de aquello que había gatillado los sentimientos, y menos aún de cuál podía ser su origen.
Su experiencia era una sensación crudamente física, acoplada con un impulso a la acción. Esto no tenía sentido alguno.
Gradualmente fuimos capaces de comenzar a denominar alguna de las emociones que la paciente sentía en conjunción con sus sensaciones físicas e impulsos –agitación, miedo y rabia.
En una sesión, cuando comenzábamos a hablar sobre los orígenes de estos sentimientos, la paciente -de modo casual e inconsciente- puso sus manos en torno a su garganta como si fuera a ahorcarse. Este gesto era una acción no mentalizada y dirigí su atención hacia la misma.
Claramente, el gesto podía ser interpretado como autodestructivo. Sin embargo, cuando hablamos de este significado, asociamos este gesto con su falta de habilidad para permitirse tener voz. No podía hablar acerca del abuso; se había sentido persistentemente no escuchada desde entonces y un episodio reciente consistente en un comportamiento autoagresivo fue precipitado por la sensación de no tener voz en una decisión importante en la empresa familiar.
De un modo más metafórico, su gesto de estrangularse me sugirió que no podía permitir que los sentimientos en su cuerpo subieran hasta su cabeza, hasta su mente, que fueran mentalizados.
Gradualmente pudimos poner alguna coherencia mental en todo esto. La paciente fue siendo capaz de identificar las emociones que gatillaban su impulso a pegar un puñetazo en la pared, y a partir de ello pudo referir dichas emociones al significado de algunos episodios de abuso temprano. Además de esto, fue capaz de comprender los desencadenantes actuales de estos sentimientos. Cuando sus sentimientos devinieron significativos pudo manejarlos más eficazmente y su impulso a lastimarse comenzó a decrecer”



Adolfo Pueyrredón dijo:
Fonagy relaciona el poner en palabras con la mentalización explícita, es a esto a lo que usted se refiere con lo que escribió en su trabajo? La simbolización sería lo mismo que la mentalización explícita?
En qué sentido el poner en palabras transforma la experiencia subjetiva? No me queda claro si esto es lo mismo que ya dice Fonagy o si su trabajo aporta alguna idea diferente.


Gustavo Lanza Castelli dijo:
Coincido que este punto es el menos desarrollado por Fonagy y que en la mayoría de sus trabajos pone el acento en los procesos de monitoreo y reflexión sobre los estados mentales. De todos modos, ubica a este proceso en los cimientos de la mentalización.
Por ejemplo, en lo que hace a la constitución de las representaciones para significar los afectos, Fonagy plantea que el niño no es inicialmente consciente de sus estados emocionales en forma introspectiva, sino que sus representaciones de esas emociones se basan en los estímulos del mundo exterior. Es en la respuesta parental que refleja esos estados emocionales del niño, mediante expresiones faciales y expresiones verbales, que éste encuentra el significante de dichos estados (aquí el alertamiento emocional primario sería el significado). El niño internaliza entonces la expresión sensorial proveniente de la madre, la que se convierte en un sistema representacional simbólico de segundo orden mediante el cual el niño podrá representarse sus propios estados afectivos.
Se produce entonces un crecimiento mental de la mayor importancia, o sea, un mentalizar.
En Mentalizing in Clinical Practice Fonagy dice que si bien Freud no utiliza el término mentalizar, plantea la idea fundamental según la cual los procesos mentales surgen de la ligadura de las energías somáticas en pensamiento; esto es, de la transformación de algo no mental en algo mental. Esta transformación es central en el mentalizar (p. 8)
Más adelante dice “La mentalización explícita es simbólica y pintar un cuadro o componer una canción para representar un estado mental -como uno puede hacer en la terapia por el arte- también ha de considerarse como mentalización explícita” (p.26).
En otro texto dice “La simbolización se superpone con lo que hemos referido como la capacidad de jugar con la realidad; esto es, tratar la realidad como representación”
(Mentalization-Based Treatment for Borderline Personality Disorders, p. 7).
En fin, son muchos los lugares donde Fonagy menciona esta idea.
Por mi parte, considero que el poner en palabras es un proceso simbolizante o productor de transformaciones en la experiencia subjetiva que se verbaliza, que favorece el monitoreo de dicha experiencia, la reflexión sobre la misma y su regulación.
He escrito un largo trabajo sobre este tema, que acabo de enviar para su publicación a Aperturas Psicoanalíticas. Su título es “Poner en palabras, mentalización y psicoterapia”
Creo que para diferenciar el trabajo que se lleva a cabo con los pacientes neuróticos de aquel otro que se realiza con pacientes borderline o que poseen un trastorno de la personalidad, resulta útil referirse a un trabajo de Fonagy et al., de 1993, cuyo título es "The roles of mental representations and mental processes in therapeutic action". En ese trabajo los autores diferencian el trabajo sobre los contenidos (representaciones, impulsos, afectos, etc) del trabajo sobre los procesos o funciones (particularmente la mentalización, entendida como una función) que operan sobre dichos contenidos.
A partir de esta diferenciación, Fonagy propone que en el caso de pacientes que tienen capacidades mentalizadoras robustas (como los neuróticos) el trabajo ha de estar principalmente orientado hacia la consecución del insight, a los efectos de favorecer que el paciente se conecte con contenidos previamente rechazados por obra de diversas defensas, ya que en la neurosis lo central de la problemática tiene que ver con dichos contenidos.
De todos modos, aún con estos pacientes el intento de propiciar la optimización de sus capacidades mentalizadoras será pertinente (y eventualmente necesario) ya que el incremento de las mismas ayudará al consultante en el logro de dicho insight, en su ampliación y profundización.
En los trastornos de la personalidad (y particularmente en el espectro borderline) el núcleo del problema no tiene tanto que ver con tal o cual contenido, sino con diversos déficits y perturbaciones en el funcionamiento reflexivo o mentalización y con una inestabilidad intrínseca del self que lleva al consultate a activar una serie de mecanismos para protegerlo.
Por esta razón, en estos pacientes el foco ha de estar puesto, esencialmente, en el trabajo sobre los modos prementalizadores para favorecer que el paciente acceda a una capacidad de mentalizar incrementada, lo que redundará en un fortalecimiento de su self a través de procesos que sería demasiado largo reseñar acá.


Adolfo Pueyrredón dijo:
Cuàl es la diferencia que plantea Fònagy entre el trabajo con pacientes neuróticos y el trabajo con pacientes borderline ya que usted dice que en el caso de la paciente de la viñeta no habría que interpetar?



Gustavo Lanza Castelli dijo:
Comentarios sobre la viñeta clínica

Retomo el comentario que había hecho hace unos días Aquiles, referido a las estrategias terapéuticas para estimular la mentalización, e incluyo mi respuesta de que era importante diferenciar con cuál de las tres funciones de la mentalización estaba relacionada la perturbación. En este ejemplo de Allen parece claro que la situación del trauma reiterado por el abuso ha impedido la constitución de las representaciones secundarias de los afectos, con lo cual éstos no pueden ser simbolizados ni regulados.
Ha fallado lo que Lecours y Bouchard expresan del siguiente modo: “…proponemos explicar la mentalización como una referencia a una clase general de operaciones mentales, incluyendo la representación y la simbolización, que conducen específicamente a una transformación y elaboración de experiencias afectivo-impulsivas en fenómenos y estructuras mentales crecientemente organizados”
Esto es lo que no ha sucedido en esta paciente, las estructuras mentales crecientemente organizadas, en relación con los afectos, no se han desarrollado, ya sea debido a déficits en el reflejo parental, ya sea por una defensa que recayó no sobre un contenido sino sobre una función, ya sea por ambas razones.
En el intercambio terapéutico puede verse la acción de la defensa en el hecho siguiente: según Allen, “En una sesión, cuando comenzábamos a hablar sobre los orígenes de estos sentimientos, la paciente -de modo casual e inconsciente- puso sus manos en torno a su garganta como si fuera a ahorcarse” Si conjeturamos -con Allen- que el significado de la acción consistía en que “…no podía permitir que los sentimientos en su cuerpo subieran hasta su cabeza, hasta su mente, que fueran mentalizados” resulta clara la intención defensiva de dicha acción.
Este es un punto clave, ya que en el abordaje de las situaciones traumáticas el núcleo del tratamiento consiste en que el paciente acoja en su mente los recuerdos del trauma junto con las emociones implicadas, a medida que se vuelven una experiencia manejable para él, a la vez que desarrolla la capacidad de ponerlas fuera de la mente en forma voluntaria mediante el empleo de estrategias de regulación emocional y de refocalización de la atención. De no ser así, el paciente quedaría expuesto a la emergencia involuntaria de dichas representaciones.
En el ejemplo de Allen el abordaje terapéutico consistió en ayudar a que la paciente desarrollara las representaciones de segundo orden con las que representar sus afectos. Parece que esto fue posible debido a:
1) la denominación conjunta de aquello que la paciente podía registrar de su mundo emocional (“…fuimos capaces de comenzar a denominar alguna de las emociones que la paciente sentía en conjunción con sus sensaciones físicas e impulsos…”).
Esta denominación de las emociones permitió que la paciente las fuera reconociendo en su cualidad y diferenciándolas entre sí. La traducción en palabras de la experiencia vivida ayuda enormemente a lograrlo.
2) simultáneamente, Allen parece haber funcionado como un cuidador reflejante que permitía que la paciente, al verse vista por él como un ser intencional con emociones (dado que podemos suponer que él se representaba a la paciente como una persona con sentimientos), se apropiara de este reflejo (en el que se veía a sí misma reflejada en cómo Allen la veía) y lo internalizara para poder verse a sí misma como sintiendo, lo cual posiblemente facilitó la identificación que fue haciendo de sus distintas emociones. (Como dice Fonagy, sólo podemos vernos y sentirnos como una mente si hemos sido vistos como tal).
Podemos conjeturar también que este proceso fue reforzando su sentimiento de sí, ya que el núcleo del self consiste, justamente, en la internalización de la mirada de otro que lo ve a uno como un ser con intenciones, deseos, afectos, etc. O sea, como un ser intencional (o mentalizante).
Esta actitud reflejante de Allen se dio en un contexto de apego seguro que incluía una actitud empática de su parte, desde la cual escuchaba a la paciente. Esto le permitía a esta última tener voz y poder expresarse, ya que el hecho de no ser escuchada parece relacionado con su sentimiento de no tener voz en las decisiones familiares.
3) otro proceso que tuvo eficacia en este abordaje fue posiblemente la atención conjunta que ambos, paciente y terapeuta, dirigieron hacia los distintos aspectos de la vida de la paciente. Como dice Fonagy: “En nuestra opinión, los procesos atencionales compartidos implicados en todas las terapias psicológicas refuerzan la función interpretativa interpersonal del mentalizar. Si bien su mente probablemente se focalizará en el contenido -el temor de su paciente ante una entrevista de trabajo, por ej.- el valor terapéutico último del intercambio proviene del foco compartido que recae en la experiencia subjetiva del paciente en el contexto de un contenido mental después del otro. Tal como ocurre en la infancia, este proceso atencional conjunto incrementa la capacidad mentalizadora y, concomitantemente, refuerza el sentido del self del paciente”
(Mentalizing in Clinical Practice, p. 168).
Estos tres factores: denominación, reflejo, atención conjunta (en un contexto empático, de apego seguro), parecen ser los que promovieron el mentalizar en la paciente, a partir del cual tuvieron lugar los cambios clínicos referidos, según los cuales aquélla pudo ir diferenciando sus emociones, refiriéndolas al contexto traumático en el que surgieron, tanto presente como pasado (al que pudo ir poniendo en palabras) y, finalmente, regulándolas.
El método empleado, consistente en ir verbalizando las emociones a medida que eran sentidas por la paciente, es la técnica correcta ya que cabe suponer que esta última no podía concebirse -en el comienzo del tratamiento- como una persona poseedora de diversos sentimientos y pensamientos en su vida actual y en el pasado. Si Allen hubiera intentado intervenciones más complejas (como interpretaciones o reconstrucciones) éstas hubieran resultado improcesables y posiblemente perturbadoras para la paciente.






Gustavo Lanza Castelli dijo:
Adolfo, en lugar de responder directamente a su pregunta, prefiero primero abrir un poco el intercambio. Para ello transcribo una viñeta clínica que presenta Jon G. Allen (coautor de algunos libros con Fonagy) en un artículo que pueden encontrar en esta dirección
http://www.menningerclinic.com/resources/Mentalizingallen.htm
El modo de trabajar de Allen me recuerda una propuesta que hacés Carla en tu trabajo “De la palabra hacia atrás”.

“Trabajé con una mujer joven que había sido abusada sexualmente en su infancia del modo más degradante –usada meramente para la gratificación. Este abuso fue peor que humillante, si bien también lo fue; fue deshumanizante.
En su temprana adultez, relaciones estresantes reavivaron sentimientos asociados con su trauma temprano. Cuando se sentía desbordada daba un puñetazo en la pared, algunas veces tan violentamente que se fracturó los nudillos.
En una sesión de los comienzos me dijo que tenía una fuerte sensación en su pecho y en sus antebrazos y, junto con esa sensación, tenía un fuerte impulso de golpear con su puño en la pared. No tenía idea de lo que sentía emocionalmente y mucho menos de aquello que había gatillado los sentimientos, y menos aún de cuál podía ser su origen.
Su experiencia era una sensación crudamente física, acoplada con un impulso a la acción. Esto no tenía sentido alguno.
Gradualmente fuimos capaces de comenzar a denominar alguna de las emociones que la paciente sentía en conjunción con sus sensaciones físicas e impulsos –agitación, miedo y rabia.
En una sesión, cuando comenzábamos a hablar sobre los orígenes de estos sentimientos, la paciente -de modo casual e inconsciente- puso sus manos en torno a su garganta como si fuera a ahorcarse. Este gesto era una acción no mentalizada y dirigí su atención hacia la misma.
Claramente, el gesto podía ser interpretado como autodestructivo. Sin embargo, cuando hablamos de este significado, asociamos este gesto con su falta de habilidad para permitirse tener voz. No podía hablar acerca del abuso; se había sentido persistentemente no escuchada desde entonces y un episodio reciente consistente en un comportamiento autoagresivo fue precipitado por la sensación de no tener voz en una decisión importante en la empresa familiar.
De un modo más metafórico, su gesto de estrangularse me sugirió que no podía permitir que los sentimientos en su cuerpo subieran hasta su cabeza, hasta su mente, que fueran mentalizados.
Gradualmente pudimos poner alguna coherencia mental en todo esto. La paciente fue siendo capaz de identificar las emociones que gatillaban su impulso a pegar un puñetazo en la pared, y a partir de ello pudo referir dichas emociones al significado de algunos episodios de abuso temprano. Además de esto, fue capaz de comprender los desencadenantes actuales de estos sentimientos. Cuando sus sentimientos devinieron significativos pudo manejarlos más eficazmente y su impulso a lastimarse comenzó a decrecer”



Adolfo Pueyrredón dijo:
Fonagy relaciona el poner en palabras con la mentalización explícita, es a esto a lo que usted se refiere con lo que escribió en su trabajo? La simbolización sería lo mismo que la mentalización explícita?
En qué sentido el poner en palabras transforma la experiencia subjetiva? No me queda claro si esto es lo mismo que ya dice Fonagy o si su trabajo aporta alguna idea diferente.


Gustavo Lanza Castelli dijo:
Coincido que este punto es el menos desarrollado por Fonagy y que en la mayoría de sus trabajos pone el acento en los procesos de monitoreo y reflexión sobre los estados mentales. De todos modos, ubica a este proceso en los cimientos de la mentalización.
Por ejemplo, en lo que hace a la constitución de las representaciones para significar los afectos, Fonagy plantea que el niño no es inicialmente consciente de sus estados emocionales en forma introspectiva, sino que sus representaciones de esas emociones se basan en los estímulos del mundo exterior. Es en la respuesta parental que refleja esos estados emocionales del niño, mediante expresiones faciales y expresiones verbales, que éste encuentra el significante de dichos estados (aquí el alertamiento emocional primario sería el significado). El niño internaliza entonces la expresión sensorial proveniente de la madre, la que se convierte en un sistema representacional simbólico de segundo orden mediante el cual el niño podrá representarse sus propios estados afectivos.
Se produce entonces un crecimiento mental de la mayor importancia, o sea, un mentalizar.
En Mentalizing in Clinical Practice Fonagy dice que si bien Freud no utiliza el término mentalizar, plantea la idea fundamental según la cual los procesos mentales surgen de la ligadura de las energías somáticas en pensamiento; esto es, de la transformación de algo no mental en algo mental. Esta transformación es central en el mentalizar (p. 8)
Más adelante dice “La mentalización explícita es simbólica y pintar un cuadro o componer una canción para representar un estado mental -como uno puede hacer en la terapia por el arte- también ha de considerarse como mentalización explícita” (p.26).
En otro texto dice “La simbolización se superpone con lo que hemos referido como la capacidad de jugar con la realidad; esto es, tratar la realidad como representación”
(Mentalization-Based Treatment for Borderline Personality Disorders, p. 7).
En fin, son muchos los lugares donde Fonagy menciona esta idea.
Por mi parte, considero que el poner en palabras es un proceso simbolizante o productor de transformaciones en la experiencia subjetiva que se verbaliza, que favorece el monitoreo de dicha experiencia, la reflexión sobre la misma y su regulación.
He escrito un largo trabajo sobre este tema, que acabo de enviar para su publicación a Aperturas Psicoanalíticas. Su título es “Poner en palabras, mentalización y psicoterapia”
Me parece muy interesante el comentario de Carlos y su propuesta de articular los desarrollos de Fonagy con los de otros autores (como el mismo Fonagy, por lo demás, hace en múltiples trabajos).
De la mayor importancia me parece también la propuesta de trabajar sobre la constitución del self, ya que éste es uno de los temas más centrales en el enfoque de Fonagy sobre los trastornos de la personalidad.
Para poner un solo ejemplo, cito una frase de un trabajo sobre pacientes borderline, escrito con Bateman: “…postulamos que el cluster afectivo de síntomas (ira intensa e inapropiada, inestabilidad afectiva, relaciones interpersonales intensas e inestables), el cluster de síntomas relacionados con la identidad (representaciones caóticas, sentimiento de vacío, temores de ser abandonado, aferramiento, distorsiones paranoides), y el cluster de los impulsos (conductas autolesivas, imprudencia, abuso de substancias) resultan de una inestabilidad en la estructura del self debida a debilidad constitucional, descuido temprano por parte de los cuidadores, o una combinación de las dos, realzada por la inhibición activa de la mentalización propiciada por contextos de apego que la debilitan”
(Bateman, AW, Fonagy, P “The development of an attachment-based treatment program for borderline personality disorder”).



carlos alberto titolo dijo:
A partir de los comentarios de Gustavo sobre la viñeta y, que enriquecen mucho el intercambio, pensaba que ocurre con el "dolor" por un lado, concepto complejo y que en patologias graves èste es un tema que no podemos obviar. Además querría comentar que seria interesante incluir conceptos desarrollados por Winnicott y Dolto en la medida que nos permiten acercarnos, enriquecer y entender con mayor claridad los conceptos de Fonagy. Es fundamental en un tratamiento psicoterapeutico la construcción de un vinculo empatico entre analista y paciente ya que a diferencia de la telepatia o contagio afectivo marca el encuentro y la diferencia. La empatía humaniza lo deshumanizante y permite que el dolor tenga un interlocutor, es decir, poder transformar una experiencia que no ha podido encontrar una estructura mental en una organización que solo un otro con empatía lo permite. La viñeta plantea distintos afectos, no recuerdo que haya planteado el dolor. Por otro lado estoy de acuerdo con Gustavo en referencia a como intervino el terapeuta, ya que una cosa es hacer conciente lo inconciente en el sentido freudiano sobre la neurosis, otra cuestion es trabajar sobre las emociones que no tuvieron su procesamiento, es decir, no cabía interpretacion o construccion alguna, lo traumatico necesitaba otro tipo de intervención ya que no habia en la paciente la compejidad psiquica que permitiria una interpretación o construcción. Otro tema a trabajar es la constitución del Self, me parece que la mirada es una de las variables a tener en cuenta, hay otras que seria importante incluirlas. Dolto como otros autores que se dedicaron a las enfermedades tempranas en los niños, tienen muy en cuenta, por ej: el acunamiento como forma de procesar el duelo del ritmo del corazo materno en lo intrauterino, la necesidad de presencia materna posterior al amamantamiento, lo que incluye tocar, acunar, mirar, sentirlo vivo, etc. Carlos Titolo
El concepto de Self es muy usado por los autores ingleses y americanos. Son varias las teorías sobre su desarrollo. Cuál de estas teorías toma en cuenta Fonagy? Qué es lo que aporta? Cómo aparece la perturbación del self en los trastornos de la personalidad?
El tema del self es de la mayor importancia en la clínica psicoanalítica y, sin duda, en la teoría de Fonagy. Creo que sería interesante hacer un intercambio, tanto sobre el modo en que este autor entiende su constitución y sus perturbaciones en los trastornos de la personalidad, como así también sobre el modo en que lo han conceptualizado otros autores, viendo puntos de articulación y de diferencia. Creo que, por ejemplo, autores como Bion y Winnicott son muy interesantes en este sentido, entre otras cosas porque el mismo Fonagy relaciona muchas veces ciertas ideas suyas con aportes de estos analistas.
Por lo demás, como el tema es tan complejo, creo que puede ser útil ir de a poco, comentando en forma paulatina distintos aspectos del mismo.
Ante todo, cabe referirse a la diferenciación que establece Fonagy (siguiendo a William James) entre el self como agente y el self como representación (El “I” y el “Me” de James).
El self como agente no ha sido muy tenido en cuenta en las teorizaciones psicoanalíticas. Fonagy lo relaciona con la agencia (actividad) y con un conjunto de funciones o procesos psicológicos que, entre otras cosas, construyen al self como representación. El self (como agente) interpreta y organiza la experiencia, asegura la experiencia de continuidad a lo largo del tiempo y crea una sensación de libertad o iniciativa.
La constitución del self se da en el interior de la relación de apego con los progenitores mediante un proceso que es intersubjetivo. En la temprana infancia se requiere una operación mental para derivar el estado del self a partir de la apercepción del estado mental del otro. La exploración del significado de las acciones ajenas es una precursora de la habilidad del niño para denominar y encontrar significativa su propia experiencia mental. De ahí que Fonagy diga que se trata de “encontrarse a sí mismo en el otro” como un ser intencional.
Entre los bloques constructores de la organización del self encontramos la regulación del afecto, el control de impulsos, el automonitoreo y la experiencia de la agencia del self. La autoconciencia, autonomía, libertad y responsabilidad son algunos de sus rasgos distintivos.






Adolfo Pueyrredón dijo:
El concepto de Self es muy usado por los autores ingleses y americanos. Son varias las teorías sobre su desarrollo. Cuál de estas teorías toma en cuenta Fonagy? Qué es lo que aporta? Cómo aparece la perturbación del self en los trastornos de la personalidad?
En principio agradesco a Gustavo la claridad conceptual, por otro lado cuanto de lo desarrollado por Fonagy me recuerda a Winnicott, desde la cretividad del bebé hasta la experiencia de continuidad. Si están de acuerdo propongo alguna viñeta clinica que nos permita trabajar el falso self y el verdadero que plantea Winnicott y la relacion que hace con la mentira, que por otro lado tiene intima relación con patologais adictivas, me refiero tanto al falso self como la mentira. Me parece interesante, ademas por mi experiencia clínica presentar una viñeta de patologias adictivas, donde podamos ingresar en el "cluster impulsos y también el de identidad, asi como el self como agente y como representacion. Si están de acuerdo acerco una viñeta y trabajamos en la clinica la teoria que estamos tratando de intercambiar. Carlos
Hola, me presento. Mi nombre es Andrea y soy psicoanalista. Lei loa aportes de este foro y me interesaron mucho. Con un grupo de psicoanalistas nos hemos puesto a estudiar a Fonagy. Me resulta un autor difícil, además hay pocas obras traducidas. Me resultó muy útil lo que lei en este foro.
Me gustaría que hicieran más desarrollos sobre la teoría. No sé si podrá ser. Gracias.




carlos alberto titolo dijo:
En principio agradesco a Gustavo la claridad conceptual, por otro lado cuanto de lo desarrollado por Fonagy me recuerda a Winnicott, desde la cretividad del bebé hasta la experiencia de continuidad. Si están de acuerdo propongo alguna viñeta clinica que nos permita trabajar el falso self y el verdadero que plantea Winnicott y la relacion que hace con la mentira, que por otro lado tiene intima relación con patologais adictivas, me refiero tanto al falso self como la mentira. Me parece interesante, ademas por mi experiencia clínica presentar una viñeta de patologias adictivas, donde podamos ingresar en el "cluster impulsos y también el de identidad, asi como el self como agente y como representacion. Si están de acuerdo acerco una viñeta y trabajamos en la clinica la teoria que estamos tratando de intercambiar. Carlos
Andrea, ante todo, bienvenida al foro!
Coincido en que Fonagy es un autor difícil y que, como bien dice, hay poco traducido de él. En relación a la propuesta de Carlos de trabajar un material clínico, me parece excelente, sólo que tal vez sería mejor articular primero ciertos jalones teóricos y después comentar el material teniéndolos en cuenta.
Como habíamos comenzado a trabajar el tema del self, continúo con el mismo tema y agrego unos párrafos que tomo de un trabajo que estoy escribiendo, de ahí que tengan un carácter más formal de lo habitual. Estos párrafos son sólo un paso más en ese complejo tema, que habría que seguir ahondando. Los transcribo en mensaje separado:
La capacidad de entender la conducta propia y ajena en términos de estados mentales no es una capacidad presente desde el comienzo de la vida, sino que consiste en un logro que requiere varios años de desarrollo, maduración cerebral y experiencia interpersonal. Dicho desarrollo supone una serie compleja de pasos evolutivos y la presencia de un contexto intersubjetivo de apego seguro, para que pueda tener lugar adecuadamente. Por lo demás, este desarrollo se halla entrelazado con la evolución de la agencia del self, entrelazada, a su vez, con el sentimiento de sí. El self cuya agencia consideraremos (el self como “agente”) debe diferenciarse del self como objeto o representación. El primero es el agente activo, responsable de la construcción del segundo. Incluye una serie de procesos o funciones entre las que se encuentra, justamente, la capacidad de mentalizar (Fonagy, Target, 1997).
En lo que sigue resumo los pasos en la constitución del self en su relación con el mentalizar y pongo particular énfasis en la dimensión intersubjetiva que los subtiende.
En los primeros meses de vida el niño desarrolla un sentimiento de sí como agente físico, sobre la base de la propia experiencia de ser la fuente de su acción y de poseer la capacidad para introducir cambios en el mundo físico, en los cuerpos u objetos con los que tiene contacto.
Simultáneamente, desarrolla también un sentimiento de sí como agente social, en la medida que advierte que sus actitudes y comportamientos producen efectos en sus cuidadores (el llanto que hace acudir a su madre, por ejemplo).
En la segunda mitad del primer año de vida, el niño se comprende a sí mismo y a los demás como agentes teleológicos, esto es, como agentes que realizan acciones (entendidas en ese momento como medios para llegar a un fin) que están deliberadamente dirigidas hacia la consecución de un objetivo. En este momento evolutivo el niño espera que tales acciones sean “racionales”, esto es, que elijan -entre distintas alternativas- la manera más eficiente de llegar a una meta. Esto no implica que aquél tenga en cuenta el estado mental del sujeto de la acción, sino que evalúa la eficacia de la misma en el contexto de las características físicas que posee la situación de que se trate. Esto supone entender las acciones en términos de resultados físicos y no de procesos mentales, lo que se observa con frecuencia en ciertos pacientes con trastornos de la personalidad (Fonagy et al., 2002).
Ya en el segundo año de vida, el niño comienza a mentalizar la postura teleológica anterior, en la medida en que puede interpretar las acciones como surgidas de deseos e intenciones. Simultáneamente, puede implicarse en juegos imaginarios compartidos que favorecen las habilidades cooperativas y comienza a adquirir un lenguaje para representar los estados mentales y a tener la posibilidad de razonar de un modo no egocéntrico acerca de los deseos y sentimientos de los demás (Fonagy, 2006; Allen, Fonagy, Bateman, 2008). Sin embargo, en este momento es todavía incapaz de separar los estados mentales de la realidad exterior y la diferencia entre lo interno y lo externo permanece para él borrosa (Fonagy, 2006).
Un hito central en este desarrollo tiene lugar entre los tres y cuatro años de edad, cuando el niño es capaz de desarrollar una comprensión de los estados mentales como tales, diferenciándolos de la realidad efectiva, lo que se evidencia mediante la posibilidad de llevar a cabo exitosamente el “test de la falsa creencia” (Wimmer y Perner, 1983; citado en Riviere, 1996).
La trascendencia de esta conquista ha sido caracterizada por Perner (1991) en los siguientes términos:
“…la representación no es un aspecto de la mente entre otros, sino que provee las bases para explicar lo que la mente es. En otras palabras, al conceptualizar la mente como un sistema de representaciones, el niño vira de una teoría mentalista del comportamiento, en la que los estados mentales sirven como conceptos para explicar la acción, a una teoría representacional de la mente, en la que los estados mentales se comprenden al servicio de una función representacional” (Citado por Allen, Fonagy, Bateman, 2008, p. 78).
Esta conquista libera al sujeto de la inmediatez de la realidad y le permite ir más allá de las representaciones perceptivas, habilitándolo para contrastar un estado existente con otro deseado, para comparar situaciones correspondientes a distintos momentos temporales, para hacer proyectos a futuro, etc.
A lo largo de este recorrido se ponen en juego cuatro procesos que poseen la mayor importancia para la constitución y despliegue de la mentalización: la constitución de representaciones para regular la emoción, la atención conjunta, el lenguaje y las interacciones pedagógicas.
Próximamente haré una breve síntesis de cada uno de ellos y pondré el acento en lo que entiendo es lo más nuclear en la constitución del self.



Gustavo Lanza Castelli dijo:
La capacidad de entender la conducta propia y ajena en términos de estados mentales no es una capacidad presente desde el comienzo de la vida, sino que consiste en un logro que requiere varios años de desarrollo, maduración cerebral y experiencia interpersonal. Dicho desarrollo supone una serie compleja de pasos evolutivos y la presencia de un contexto intersubjetivo de apego seguro, para que pueda tener lugar adecuadamente. Por lo demás, este desarrollo se halla entrelazado con la evolución de la agencia del self, entrelazada, a su vez, con el sentimiento de sí. El self cuya agencia consideraremos (el self como “agente”) debe diferenciarse del self como objeto o representación. El primero es el agente activo, responsable de la construcción del segundo. Incluye una serie de procesos o funciones entre las que se encuentra, justamente, la capacidad de mentalizar (Fonagy, Target, 1997).
En lo que sigue resumo los pasos en la constitución del self en su relación con el mentalizar y pongo particular énfasis en la dimensión intersubjetiva que los subtiende.
En los primeros meses de vida el niño desarrolla un sentimiento de sí como agente físico, sobre la base de la propia experiencia de ser la fuente de su acción y de poseer la capacidad para introducir cambios en el mundo físico, en los cuerpos u objetos con los que tiene contacto.
Simultáneamente, desarrolla también un sentimiento de sí como agente social, en la medida que advierte que sus actitudes y comportamientos producen efectos en sus cuidadores (el llanto que hace acudir a su madre, por ejemplo).
En la segunda mitad del primer año de vida, el niño se comprende a sí mismo y a los demás como agentes teleológicos, esto es, como agentes que realizan acciones (entendidas en ese momento como medios para llegar a un fin) que están deliberadamente dirigidas hacia la consecución de un objetivo. En este momento evolutivo el niño espera que tales acciones sean “racionales”, esto es, que elijan -entre distintas alternativas- la manera más eficiente de llegar a una meta. Esto no implica que aquél tenga en cuenta el estado mental del sujeto de la acción, sino que evalúa la eficacia de la misma en el contexto de las características físicas que posee la situación de que se trate. Esto supone entender las acciones en términos de resultados físicos y no de procesos mentales, lo que se observa con frecuencia en ciertos pacientes con trastornos de la personalidad (Fonagy et al., 2002).
Ya en el segundo año de vida, el niño comienza a mentalizar la postura teleológica anterior, en la medida en que puede interpretar las acciones como surgidas de deseos e intenciones. Simultáneamente, puede implicarse en juegos imaginarios compartidos que favorecen las habilidades cooperativas y comienza a adquirir un lenguaje para representar los estados mentales y a tener la posibilidad de razonar de un modo no egocéntrico acerca de los deseos y sentimientos de los demás (Fonagy, 2006; Allen, Fonagy, Bateman, 2008). Sin embargo, en este momento es todavía incapaz de separar los estados mentales de la realidad exterior y la diferencia entre lo interno y lo externo permanece para él borrosa (Fonagy, 2006).
Un hito central en este desarrollo tiene lugar entre los tres y cuatro años de edad, cuando el niño es capaz de desarrollar una comprensión de los estados mentales como tales, diferenciándolos de la realidad efectiva, lo que se evidencia mediante la posibilidad de llevar a cabo exitosamente el “test de la falsa creencia” (Wimmer y Perner, 1983; citado en Riviere, 1996).
La trascendencia de esta conquista ha sido caracterizada por Perner (1991) en los siguientes términos:
“…la representación no es un aspecto de la mente entre otros, sino que provee las bases para explicar lo que la mente es. En otras palabras, al conceptualizar la mente como un sistema de representaciones, el niño vira de una teoría mentalista del comportamiento, en la que los estados mentales sirven como conceptos para explicar la acción, a una teoría representacional de la mente, en la que los estados mentales se comprenden al servicio de una función representacional” (Citado por Allen, Fonagy, Bateman, 2008, p. 78).
Esta conquista libera al sujeto de la inmediatez de la realidad y le permite ir más allá de las representaciones perceptivas, habilitándolo para contrastar un estado existente con otro deseado, para comparar situaciones correspondientes a distintos momentos temporales, para hacer proyectos a futuro, etc.

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